Teorías del empate

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Los partidos de fútbol son como sumarios de esta vida que vivimos, allí se representan todas las situaciones posibles respecto de las relaciones entre las personas.

En el rectángulo de medidas extrañamente volubles que es un campo de juego parece como suspenderse en el espacio una pactada dimensión temporal, la de noventa minutos –y sus adiciones-, que más bien podría estar intentando imitar un hecho del azar. Pues si bien es cierto que jugadores y técnicos se preparan para lo inevitable como si de algo eludible se tratara, la verdad de fondo es que no hay mucho que hacer frente a las veleidades de la pelota. En este sentido, lo que los mejores equipos logran es apenas reducir las posibilidades de perder mediante el elaborado artificio de la victoria. En otras palabras: cuando ambos mecanismos intentan avanzar, lo hacen para no retroceder. Y en riesgosas palabras: se gana para no empatar, porque, empatando, se pierde. En el fútbol y en la vida, a partes iguales. 

Sin embargo, no creo estar tan seguro de esto, en el fondo. No lo sé… Hay equipos que han demostrado funcionar desde dentro como lo haría una sola persona. Pero no cualquier persona. Actúan como lo haría un individuo con pleno control de sí mismo, por ejemplo. Con articulación de sus contradicciones, con equilibrio entre sus partes desiguales, gran concentración y decisivo temperamento. Equipos así saben esperar, y acarician la pelota a buen pie, pueden repartirse en el campo, moverse amenazadoramente sin el balón y poner nerviosos a los rivales. Conocen y dominan el arte de amedrentar sin realmente hacerlo, jugar en la orilla del reglamento evitando la sanción, imponerse sin disparar un tiro (un tiro de pelota, no de Máuser, se entiende).

Todo un régimen. Esos conjuntos tienen juegos duros encima, han sido trabajados por sus líderes hasta dejarlos como a unas máquinas. Hay mucho sudor, recia disciplina, aguante y no poco coraje en cada escuadra bien engranada. Los futbolistas uruguayos de 1950 se decían a sí mismos que eran “un equipo de hombres” y que, por eso mismo, las bombas y los insultos de los brasileños de la tribuna no los reducirían, así como tampoco lo haría el fútbol de calidad o ya el renombre de los brasileños de adentro de la cancha. La Argentina de la final de 1990, que, sin pólvora, saltó por los penaltis al Olímpico de Roma, a morirse sin miedo con los alemanes de ese entonces (valga decir: ni sombra de eso queda en los tembleques de hoy), no contemporizó. Uno ganó y el otro perdió, sin embargo. Uruguay se dominó, como en combinación de magia y milagro, aunque con ciencia, y venció; y el otro, Argentina, cayó: le pudo aquello inexorable de que “El que sale a empatar, pierde”.

Últimamente, me gustan los equipos del empate. Concibo el fútbol como un enfrentamiento de optimismos, una confrontación de teorías de lo que debe ser este ejercicio, y, entonces, de tal lodazal de patadas, de gritos a las madres y de barbarie escénica y temporal, rescato la voluntad de no dejarse someter por otro que es posiblemente mejor. Porque no triunfa siempre el superior. Si así fuera, ni siquiera tendría sentido competir… A veces, también dominan los que solo odian la derrota.  

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