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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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La perspectiva de tener un presidente joven, Duque, el más joven de entre todos los que ha habido hasta ahora, pero que en realidad no es él, sino otro, su titiritero, no es muy halagüeña, ni dice nada bueno de la juventud en general. A más de esto, está también aquello de que no es estimulante, para nosotros como nación emergente (de la que se esperan mejorías), que semejante mediocre pueda ocupar la primera magistratura. Me pregunto si en verdad sería un mal ejemplo que ganara la Presidencia alguien así, un descerebrado, o si esto es solamente el reflejo fiel de lo pigmea que es la sociedad colombiana. Que pase lo que tenga que pasar. Lo dije aquí hace unas cuantas semanas: ningún candidato de los que hay sirve ciertamente para nada nuevo: somos un país sin verdadero liderazgo. Lo sostengo. Por lo demás, lo de Rusia en 2008, con Medvéved y Putin, no puede ser válidamente tomado como ejemplo si lo que queremos es, en sentido amplio, progresar.

Antes de que algún fanático me señale con el dedo y grite “¡castrochavista!”, y se descojone, pero de rabia, afirmo que no pienso mejor del ridículo encontronazo habido entre Petro y Caicedo: vaya numerito el que montaron los dos candidatos de la izquierda. El uno, con su proverbial soberbia, como si fuera una especie de irreemplazable; y el otro, consabido oportunismo aparte, llenando con lloros su vacío programático. Que se arreglen los dos entre ellos: de todas formas, no va a haber un presidente de izquierdas en Colombia durante mucho tiempo, no en el futuro inmediato: si algo rescatable hay de más de medio siglo de sangrienta guerra es que el grueso de la gente no aceptará como jefe de Estado a nadie que haya alimentado ese viejo dogma marxista según el cual hay que dividir aún más a una sociedad ya dividida para poder gobernarla. No es posible tanta mezquindad.

Sigue sin gustarme Fajardo: apenas ahora, que ni marca en los dos primeros puestos de las encuestas, se ha dignado a bajarse de su pedestal de “centro”, que no es cosa distinta a no comprometerse con nada, a no fijar posiciones, a no profundizar en los temas, a no tener identidad y a no dejar de decir que él sí no es corrupto y que los malos son los otros. No sé por qué, pero este tipo de candidato, superficial y frívolo, charlatán y vacío, me molesta incluso más que esos otros, de los que uno sabe lo bandidos que son. De la Calle parece que va a terminar regalando lo poco que tiene -porque se lo prestaron- a la causa vacua de esa cosa que llaman centro: matrimonio de pobres.

Y he aquí un temita adicional. Hay una candidatura a la Presidencia que representa a un partido político que “lucha” por el voto en blanco. ¡Pero ya hay una casilla para el voto en blanco! Esta parece ser una clásica situación de intento deliberado de inducción a error al elector: el que quiera votar en blanco puede terminar confundiéndose en el momento en cuestión, y marcar la equis a favor de ese partido del que nadie sabe nada. A pesar de que existe en Colombia una Organización Electoral (Consejo y Registraduría), con su propio régimen jurídico, es verdad que estamos en pañales en estas materias. No por nada se reía Maduro (¡Maduro!) el otro día, con lo del circo de los tarjetones.

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