Extrañas coincidencias

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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incidentes que atribuimos al azar; pero otras personas no admiten albures. Frases tales como  “qué casualidad” se oponen a “no es casualidad”. Un chiste viejo refiere que un niño, a quien le preguntaron por el significado de esa palabra ejemplificó diciendo que su padre y su madre se habían casado el mismo día, a la misma hora, en la misma iglesia y con el mismo sacerdote. Apartando las bromas, hay situaciones tan curiosas que no pasan desapercibidas.

Se cuenta que el famoso actor Anthony Hopkins había aceptado un papel en “La chica de Petrovka”, basada en la novela homónima de George Feifer. Infructuosamente rebuscó Hopkins una copia del libro en todo Londres. Regresaba frustrado a su casa en el metro, se sentó a esperar el tren en Leicester Square y, oh sorpresa, se encuentra un libro que resultó ser la copia personal del autor, con subrayados y anotaciones hechas por el mismo Feifer. El ejemplar, prestado a un amigo del escritor, había sido robado y apareció abandonado en una banca del metro, justo al lado del actor.

La tragedia también dice presente. En Bermuda, un hombre que conducía un ciclomotor pereció al ser atropellado por un taxi. Un año después, su hermano muere exactamente del mismo modo; iba en el mismo ciclomotor, fue arrollado por el mismo taxi, manejaba el mismo conductor, y el pasajero era el mismo. En Bogotá sucedió un episodio escalofriante hace más de dos décadas. Un radiólogo que trabajaba en una ciudad cercana fue invitado a la capital a un evento en una importante clínica por un colega suyo, amigo cercano. En un receso del evento, nuestro personaje salió caminando a realizar una diligencia y, cuando regresaba, atravesó la Carrera Séptima. Pocos minutos antes se había activado el contraflujo del cual el médico no conocía, y no se percató de un vehículo que venía en sentido contrario. Fue arrollado y murió en el acto. El vehículo era conducido por el amigo que lo invitó.

Un par de gemelos fueron separados y entregados en adopción al nacer. Sin conocerse las familias adoptantes, llamaron James a los dos chicos; ambos fueron agentes de policía, hábiles en mecánica y carpintería, se casaron con mujeres llamadas Linda. A sus respectivos hijos los llamaron James Alan; los gemelos se divorciaron y se casaron con sendas damas llamadas Betty. Sus perros se llamaban Jay. En 2001, una chica de Blurton (Staffordshire, UK) llamada Laura Buxton soltó un globo inflado con helio al cual ató un papelito con sus datos; cayó a 225 kilómetros de distancia, en Pewsey, Wiltshire en el jardín de otra niña llamada también Laura Buxton. Ambas, pelirrojas de 10 años de edad, 1,34 de estatura, dueñas de sendos perros labradores negros de 3 años, un conejo y una cobaya; el helio y el hule las unieron. En 1930, un bebé se salvó de morir al caerle del segundo piso de un edificio de Detroit a Joseph Figlock, quien transitaba por el lugar; ambos salieron ilesos. Un año después, Figlock salva nuevamente la vida del mismo niño que cayó de la misma ventana.

Un profesor de psiquiatría les decía a sus estudiantes que las coincidencias no existen. Nada es fruto de la casualidad sino de la causalidad; todo obedece a una relación causa-efecto, versión nihilista; según esto, la coincidencia absoluta de tiempo, lugar y circunstancias no es cosa del azar. En cualquier caso, existen situaciones muy extrañas, coincidencias sin explicación, que llaman la atención de los curiosos y acuciosos analistas. ¿Cómo explicar la intensa relación del músico Richard Wagner con el número 13? Sea el efecto mariposa, karma, la ley de la atracción, la física cuántica, los universos paralelos  o la ley de la sincronicidad, sus estudiosos dicen que uno está ahí en ese momento en que suceden estos insólitos casos por alguna razón desconocida.

En la política colombiana, las extrañas coincidencias no existen. Todo está debidamente orquestado; nada se deja al azar. Muchas historias y circunstancias sorprendentes se cruzan en la vida, pero los hilos son movidos por los dueños de la tramoya. Y, raras veces, en favor del ciudadano. La “mano invisible” hace de las suyas.

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