Elector

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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El domingo de elecciones es uno de fiesta en Colombia. En principio, eso no es malo: podría significar que la gente está contenta por el otrosí que firmamos algunos al contrato social que nos mantiene unidos (quiere uno creer que no unidos a las malas). Pienso en la patria y se me aguan los ojos.


Poco a poco el día clarea y se sienten los vacíos más grandes: no hay borrachos por las calles, amaneciéndose con la jornada; no se ven muchos vehículos de servicios públicos, contratados por intereses particulares, Dios sabe para qué; y lo peor: no habrá fútbol durante todo el día. Maldita sea. Digo fútbol y me refiero al torneo local, que no a las televisadas ligas europeas, de países en los que no saben que en Colombia tenemos elecciones, o en los que ni siquiera saben dónde queda Colombia en el mapa planetario y si acaso hay más colombianos que Pablo Escobar.

Es un día festivo, decía, pero también es un día triste para muchos que no podrán hacerse elegir en este periodo, con todo lo que ello implica para quienes nos burlamos de ellos. Así que quizá no sea un día de celebración, sino de desnudez. Como resulta difícil decir de qué se trata un domingo electoral en realidad, la mayoría de la gente no sabe cómo sentirse. A excepción de los que están ocupados, no desde esa mañana, sino desde hace meses, en la garantía de la elección de sus candidatos, la ciudadanía rasa está más bien a la expectativa. En verdad, muy pocos en Colombia tienen una brújula de aguja bien imantada para saber quién es quién entre nosotros.

Es increíble que un pueblo tan hablador y vocinglero sea, al mismo tiempo, tan capaz de cultivar y cosechar secretos acerca de su propia vida colectiva. Nadie sabe nada en el fondo, más allá de que se airee la extraña certeza de que los que resulten elegidos son los que van a mandar porque hace rato que mandan.

Salgo a eso del mediodía, después de hacer todas las cosas de la pereza. Camino lentamente hacia el puesto de votación, un colegio que anuncia que tiene como siglo y medio de existencia, cuando estoy seguro, muy seguro, de que en esa zona de Bogotá no había nada -o nada importante- hace ciento cincuenta años. Llego a la puerta del sesquicentenario lugar, y, como nunca antes, la multitud agolpada ante las listas de las mesas no me deja hallar la mía. ¿Mesa 3? Sí, esa es, creo recordar, y entro sin confirmar. Paso el control policial bajo la luz esplendorosa de un verano inexistente, me adentro por los pasillos llenos de gente desconocida y me dirijo a la mesa 3. Hay unas personas muy amables, dos mujeres y un hombre, que me piden mi cédula, la examinan en silencio, me entregan unos papeles y me señalan la estructura de cartón que ahora veo que es doble, es decir: hay otro tipo votando del otro lado cuando yo lo voy a hacer también. ¿Siempre fue como es, doble?

Como no pedí tarjetones de consulta inter-partidista (algo me decía que no habían mandado a imprimir suficientes), no me dieron ninguno, ni me preguntaron si quería. Los tarjetones del Senado y la Cámara de Representantes son unos completos galimatías. No entiendo nada, y mira que ya tengo 36 años. Trazo con fuerza mis dos equis, como la sabrosa cerveza mexicana. Una cerveza, pienso, con este sol… Me dan mi certificado y salgo a la calle a buscar dónde almorzar con cerveza. Pero no hay ningún oasis así: la venta de alcohol está prohibida, recuerdo. ¿Qué clase de fiesta es esta?

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