Florece Florencia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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“Florencia es la capital de la intendencia del Caquetá”. Eso fue lo que aprendí en la secundaria del profesor Guerra en el Liceo del Caribe de Santa Marta. Me pintaron entonces una selva espesa, voraginosa, malsana, olvidada, triste y abandonada y pare de contar. Ni para que mirar esa extensa masa verde atravesada por una infinidad de hilos azules del mapa físico de Colombia, eufemísticamente llamada “territorios nacionales”. Jamás pensé que algún día pisaría esas tierras de nadie, pero por esas cosas de la vida y del amor, me tocó aterrizar en El Capitolio -así se llama su aeropuerto- de esta ciudad.

Cuatro días andándola no fueron suficientes para conocerla y definirla, como solemos hacerlo sensorialmente con otras poblaciones que “a simple vista” nos muestran lo mejor de su cultura que es el vivo reflejo de su perfil urbano y de su identidad, tal vez por aquello de que “las ciudades son también su gente”. Quise al finalizar mi recorrido darle un nombre, lo intenté, sin lograr asignarle uno que se ajustara a su real forma de existir, de producir, de crear, de generar una dinámica propia, única capaz de diferenciarla de las demás.

Impacta la presencia de extendidos corredores comerciales y su débil potencia. La oferta de productos menores es abundante y diversificada para la aparentemente escasa demanda. La circulación vehicular y el tránsito de personas es enorme, los carros, las motos y las personas se mueven con prisa de un lado a otro sin parar, dando la sensación de una ciudad pujante, que evoluciona a pasos agigantados por senderos de progreso. Pero es en consecuencia ruidosa, como la adolescente mal vestida y descuidada que busca llamar la atención.
Leo y confirmo mi sospecha: Florencia es una capital muy joven. Acaba de completar los cien años, pero no es una ciudad moderna. La Basílica Catedral, una de las edificaciones más antiguas, se terminó de construir en 1928. Quien viaja conmigo en el avión asegura que EL Caquetá es el departamento más colonizado del país. Los colonos llegaron del Huila, del Tolima, de Cundinamarca y Boyacá principalmente; pero también de la Costa Caribe, Antioquia, el Valle del Cauca, los Santanderes y los Llanos Orientales. Vinieron buscando lucrarse de sus riquezas naturales inexplotadas y se quedaron.

Primero descuajaron la selva para darle paso a la explotación ilegal de la madera, luego cubrieron las tierras promisorias con pastos para la lidia ganadera y finalmente, aprovechando la bonanza cocainera, la sembraron de la planta que les reporta más riquezas que el mismo oro. Así floreció Florencia como florecieron otras poblaciones de Caquetá, Meta, Vichada, Arauca, Guaviare, Putumayo y Amazonas, borrando cualquier rastro de las culturas ancestrales, permitiendo la penetración de costumbres de “ciudades extrañas”, ajenas a sus tradiciones y a las de los pueblos Murui, Korebaju, Inga, Embera, Nasa y Pijao reducidos a migajas de territorio, amenazados por las múltiples formas de violencia que imperan en la región.

La ciudad es solo eso: un amalgamado comercio que avasalla y amilana al más desprevenido consumidor y una red vial atestada de motos, carros y ciclas que circulan en diferentes direcciones sin decirle nada a ciudadanos y visitantes, sin transmitirnos con euforia el contenido de una mágica cultura antes que se desvanezcan sus vestigios más originales, que aún se respira en la lejanía en las ciudades vecinas de Morelia y Belén de Los Andaquies. Es a mi modo de ver la personalidad que reclama Florencia para florecer.
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