El cizañas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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¿Se habrá enterado Uribe con anticipación de que el papa Francisco no le venía a rendir pleitesía ninguna en su visita…, que no venía a mencionarlo en sus discursos en plan de “hagan la paz”, ustedes, Santos y Uribe…, que no venía a reconocerlo como un interlocutor válido en el diálogo con la historia? Me lo pregunto porque no encuentro mayor explicación para la humillación auto-infligida (que trató de disfrazar de espectáculo victimista para sus ciegos fieles) en que se constituyó el hecho de exhibirse en público (y bajo la lluvia), en Bogotá, en Medellín, como cualquier parroquiano más de esta parroquia en la que el expresidente no es uno más.
Poca gente sabía en Colombia que el gobierno cumplió y lo invitó a los actos oficiales de la visita papal, a él y a su gente del Centro Democrático, y que, por lo tanto, no había necesidad de ir a dar la apariencia de rogativa, casi postrado de rodillas ante la santidad, casi al borde de las puras lágrimas de místico, y todo eso. 

Pero lo hizo, igual lo hizo: intuyo que a Uribe su no poca experiencia le dictó que era mejor perder un trozo de dignidad inmediata que ceder influencia electoral en el largo plazo, en este país católico, en el que hasta los supuestos ateos terminan siendo más papistas que el Papa. Ahora no albergo dudas: tengo claro que él prefirió hacerse la víctima de Francisco, con plena premeditación, porque sabía lo que se le venía encima: el hombre de Roma no vino a contemporizar con un enemigo de la paz que en el mundo civilizado no tardarían en llamar imbécil, y en considerarlo como tal, más allá de que no lo sea (obviamente no lo es). Solo aquí, en la marejada de sentimientos negativos que es nuestro país, puede prosperar una posición de destrucción como la suya, y, en el mismo sentido, pueden, las propuestas constructivas de sociedad, ser consideradas como simples ingenuidades.

No sé si el Papa se asesoró previamente o no, o si tal vez es tan estudioso de Colombia (y, en particular, de todo lo que aquí nos fijamos en el uso del lenguaje), pero tampoco me parece simplemente una feliz casualidad el que haya hecho referencia en su discurso general a la parábola del trigo y la cizaña, extrapolando las moralejas de la Biblia a los asuntos más que mundanos de la patria. Pues la influencia judeo-cristiana de nuestra cultura, de la que no nos jactamos -porque ni bien conscientes somos de que la tenemos-, pero que sí determina nuestras maneras de pensar y actuar, lo captó enseguida: mencionar la cizaña como una referencia abstracta, sin nombres propios, de aquello que pretende destruir algo que no debería necesitar defensa alguna, la paz, cuan absoluta es su preponderancia, es el hecho político del año en Colombia. Con eso, solo con eso, Francisco destruyó parte del trabajo paciente y soterrado de miles de malas conciencias; con eso el Papa hizo más que el Comité Noruego del Nobel. Tan solo con una palabra: la cizaña es una plaga.

Creo que está de más que diga que creo en los vocablos, en su fuerza semántica en tanto que conjunción afortunada de pensamientos y emociones: la vida misma. Pero esta palabra, cizaña, resume tanto de lo que por aquí toca vivir, que no puedo dejar de asombrarme y de sentirme agradecido con el Papa, que vino a Colombia a llamar las cosas con simpleza y por su nombre, algo que a los colombianos se nos ha olvidado debido a un oscuro vicio de la costumbre.
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