Hiroshima y Nagasaki en el recuerdo

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

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El 6 de agosto se cumplió un aniversario más del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre el Japón. La retaliación que los Estados Unidos habían rumiado desde el 7 de diciembre de 1941, cuando esa nación asiática bombardeó la flota militar de los norteamericanos en Pearl Harbor, Hawai, dio como resultado la destrucción de la ciudad de Hiroshima en la fecha que hoy recordamos y la posterior devastación de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Hace ya setenta y dos años y aún no se admiten excusas para justificar esa ignominia.


     Algunos historiadores hicieron eco a las declaraciones del entonces presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, quien afirmaba que con la bomba se logró acortar la Segunda Guerra mundial. Otros aseguran que el país norteamericano no estaba dispuesto a perder tanto dinero y esfuerzo destinados a la fabricación del letal artefacto. En todo caso, lo que parece cierto es que el Japón ya estaba vencido y no se requería el uso de las bombas en estas dos poblaciones. 

     Hace algunos años leí una novela publicada en 2001 bajo el título ‘El jardín de las cenizas’, del escritor estadounidense Dennis Bock. Trata del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima y los horrores producidos sobre la población civil de ese puerto japonés. La obra alterna las opiniones del autor con los patéticos testimonios de una de las víctimas, quien cuenta desde el instante en el cual la bomba hizo contacto con el pequeño puente donde ella jugaba con su hermanito, hasta el momento actual de la narración. Con el correr de los años uno de los científicos responsables de la experiencia atómica la localiza y se interesa por brindarle ayuda médica y emocional. Ella, por su parte, ya en territorio norteamericano, participa en conferencias, sobre todo en universidades y centros culturales de reconocido prestigio; en esas exposiciones condena hasta el cansancio la acción despiadada de los Estados Unidos. El científico, en silencio, nunca refuta sus diatribas y hasta parece apoyar sus denuncias mientras expía su inexcusable culpa. La novela de Bock es más impactante que ‘Las flores de Hiroshima’, que desarrolla una temática similar. Quizá cuántas obras literarias haya alrededor de la bomba atómica; pero bastaría con leer los dos libros mencionados para comprobar que la irracionalidad humana no tiene límites. También, para complementar el sentimiento de repudio a la violencia, es recomendable leer ‘Hiroshima, mi amor’, llevada al cine por Alain Resnais en 1959.

     Increíblemente, hay personas que se empecinan en restar importancia a hechos tan graves y contundentes como el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Recientemente ha ocurrido algo parecido con el llamado Holocausto judío. Para qué pensar en eso –dicen como justificación– si lo único que se consigue es desarrollar un tremendo estrés. Un reciente estudio sobre jóvenes adictos a la tecnología informática asegura que “…después de leer un artículo deprimente sobre el derretimiento de los glaciares o la extinción de alguna especie animal, la gran mayoría de jóvenes buscaba algo trivial que purgara el miedo de su cerebro; entre sus elecciones favoritas estaban las noticias de deportes, los videos graciosos de gatos y los cotillones de celebridades”.

     Pero de nada vale el mecanismo de defensa con el que desearíamos soslayar la dura realidad. La ‘teoría de la negación’ no es aplicable en estos casos de exterminio masivo. Ni siquiera el paso de los años nos brinda el anhelado consuelo. Nos queda, eso sí, la esperanza de que en el futuro el ser humano encuentre una senda más expedita, o por lo menos más transitable que nos acerque a la felicidad o, por lo menos, a la tranquilidad de espíritu, aunque la destrucción que producen las guerras siga siendo el anhelo de personajes innombrables entre nosotros..

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