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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Hace poco me pasé todo un día en Taganga, mientras revisaba cierto libro japonés que pensé leer entre chapuzón y chapuzón, entre cerveza y cerveza, con la comida de mar de fondo, música vallenata a todo timbal al lado del oído, y los cerros entre verdes y amarillos de las montañas de la Sierra Nevada que hasta por acá alcanzan a llegar. Con los años, he ido aprendiendo el hábito de la paciencia (y el de su primo, el detalle), pero no hay que abusar: no pasé de la segunda página de Murakami. Además, y a riesgo de parecer indecente, debo agregar que es difícil concentrarse si se está atravesado, en toda la mitad, de una pasarela de mujeres de todos los tamaños, nacionalidades, voces, acentos, colores…, y bikinis. Me van a matar por decir esto, pero, ¿quién puede así? Uno está acostumbrado a lidiar visualmente con los kilos de ruana de la fría capital y de pronto está de vuelta en el mundo real. Así es muy difícil, Murakami.


Como soy hombre que no se rinde fácilmente, según dicen, entonces intenté escribir un poco para esta columna. Había llevado el celular, así que me organicé bajo la sombrita y, con la manos grasosas de bloqueador solar (el mismo que me dejó la cara lista para el resto de la pintura de payaso) y, sin quitarme las gafas oscuras, me di a la tarea de escribir estas mismas líneas que espero que alguien lea. Aunque tal vez debería ser más riguroso y decir la verdad, cueste lo que cueste. En realidad, solo tomé notas para esto que usted ve, pues, cuando intenté dar forma a una narración al menos coherente, me topé con una dificultad tan insalvable como el susurro melifluo, serpentesco, de la Mar Oceana que tenía en frente de mí, y que no me dejó en paz ni un solo segundo: el maldito corrector ortográfico automático del celular. ¿Quién le pidió que fuera automático? Yo no recuerdo haberle pedido nada: ¿por qué es tan entrometido?

Todo iba mal, es cierto, porque con los pulgares no encontraba ritmo para lo que escribía, y porque además tenía que contestar las inquisiciones del WhatsApp (que saltan en la pantalla del aparato, y hacen ruido, y no permiten no contestar), pero, en algún momento, todo empeoró. Me había enfrascado en un párrafo en el que, humildemente, quería decir que imaginaba que el sol de la playa, sin gafas oscuras, a no dudar me hacía poner cara de pocos amigos, con el ceño fruncido a todas horas debido a mis ojos sensibles, y que por eso mismo los ocultaba de la luz marina con los lentes, y bajo ningún concepto por coquetería, o para hacerme el misterioso. Solo quería decir eso. Pero, al momento de escribir la palabra ceño, el teléfono celular (no yo, lo juro) cometió el mismo error famoso de aquel escritor, abogado y político español, don Vicente Blasco Ibáñez, y de hace unos ciento veinte años, que le valió la gloria en su natal Valencia entonces. 

Dado que a veces me las doy de artista, y no me gusta editar lo que escribo (para que se mantenga fresco, como la comida: caprichos míos), no quise correr el riesgo de quedar como don Vicente, quien, queriendo escribir otra cosa, se inmortalizó con la poética frase “Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido”. Ceño, ceño…, don Vicente. Viendo, así, que la cosa era grave, preferí cerrar el libro, apagar el celular, tomarme una cerveza a toda máquina, y partir, con la planta de los pies quemada por la arena, hacia el insondable mar de nuestra infancia. Todo tiene su momento, hombre.

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