Un muro sin pegamento

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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La paz del mundo dependió a lo largo de casi medio siglo de una danza guerrera de disuasión y contorsiones de dos grandes potencias que, rodeadas cada una de un elenco de amigos, convencidos u obligados, sostuvieron un estado de cosas marcado por un aparente equilibrio de fuerzas.
Disuelta la Unión Soviética y desordenado el juego de las anteriores alineaciones, incluyendo la de los no alineados, el paisaje cambió de tal manera que vino una especie de anarquía que parecía dar paso a una realidad más confusa, pero a la vez más distendida.

El espectáculo tedioso de gigantes dormidos, o confundidos, pesos medianos jugando a grandes, tratando de hacer de las suyas en una u otra región el mundo, y cabos sueltos de seudo-estados o grupos terroristas tratando de ganar espacios, vino a caracterizar un período de postguerra fría que se va cerrando con los llamados de alarma ante el despertar de una nueva confrontación entre las antiguas grandes potencias, ahora sin las reglas que en su momento evitaron una colisión armada.

La aspiración europea de ampliar hacia el oriente el espectro de su proceso de integración, modificó el mapa de las afiliaciones continentales en la medida que incorporó una decena de países que cerca del final del siglo XX militaban, de manera voluntaria u obligada, en el entonces campo soviético. Ese deseo de ampliación no podía menos que inquietar a quien estuviese al mando en el gobierno de Moscú, pues la lectura del mapa desde la perspectiva del Kremlin de esa ciudad difícilmente aceptará, en cualquier momento, una presencia tan cercana de “la competencia” de Europa occidental, que Stalin trató exitosamente de mantener alejada con la conformación de ese anillo de protección de regímenes amigos y subyugados resultantes de su acción al terminar la Segunda Guerra Mundial.

La explicable aspiración rusa de recuperar o mantener, lo más que pueda, el espacio de influencia y control que históricamente ejerció sobre el norte de Asia y el oriente de Europa, aún antes de la era soviética, ha encontrado dos escenarios, Ucrania y Siria, en donde, por el hecho de coincidir con aspiraciones de sus competidores, aparecen focos de un peligro al mismo tiempo antiguo y nuevo. Antiguo porque trae a la memoria la época de confrontación en frío de las superpotencias, y nuevo porque puede conducir a un enfrentamiento sin parámetros conocidos.

La anexión rusa de Crimea, cercenada de Ucrania, y la alianza con el régimen de Siria, al que ayuda a bombardear a su propio pueblo en nombre de la lucha contra el terrorismo, han provocado una radicalización occidental que hará sentir a los rusos cada vez más aislados e incomprendidos. Ejercicios militares, refuerzo de tropas de la OTAN muy cerca de la frontera rusa, denuncia de intromisiones cibernéticas y la amenaza de la candidata demócrata a la presidencia norteamericana de establecer una zona de interdicción aérea justo en donde vuelan los aviones rusos en Siria, constituyen una secuencia que es vista en Moscú como un concierto de aislamiento y de confrontación que debe ser respondido.

Los Estados Unidos parecen estar cometiendo otra vez la equivocación de juzgar mal a Rusia por su política económica, que consideran anacrónica en la medida que no está “al día” conforme a la calificación de los conocidos centros que desde Nueva York dicen qué está bien y qué está mal, y por no haber sido capaz de hacer adecuada transición hacia una democracia liberal, que significaría, a los ojos de Washington un “fracaso” a la hora de consolidar un sistema político “acreditable” dentro de los requerimientos de la democracia norteamericana. Todo esto sin darse cuenta que, desde Moscú, y desde muchos lugares, se mira el espectáculo de la mismísima campaña presidencial de los Estados Unidos como drama representativo de un preocupante nivel de subdesarrollo político.

Los rusos, con Vladimir Putin a la cabeza, no creen que deban tener la obligación de parecerse a algo que nunca ha sido. Además, sienten que los quieren aislar, que se toman decisiones sin consultarlos, que se trata de manipularlos, que se les presentan hechos cumplidos, que se resiente su influencia desde siempre en ciertas regiones y que se ponen tropas por aquí y por allí, a manera de amenaza. Entonces responden, como lo saben hacer, no solo con advertencias de retaliación, sino con el refuerzo de su propia capacidad militar, y el reiterado anuncio de hacer lo que sea necesario para defender sus intereses, como poner otra vez bases en Vietnam y en Cuba.

Ese es precisamente el cuadro de posiciones difíciles de reconciliar que precede a las grandes crisis. Sería ideal que la diplomacia lograra evitar una nueva guerra fría, pero si no lo puede hacer convendría al menos que fuese capaz, con la contribución de las dos partes, de establecer unas reglas de convivencia que eviten eventuales escaladas que, en medio del desorden, llevarían a una catástrofe. La diplomacia rusa es experimentada y curtida en el trato con el resto del mundo. Sabe manejar como nadie las debilidades occidentales y defender lo propio. Por eso precisamente, y a sabiendas de su habilidad para jugar cada carta, para el mundo resultaría mucho mejor y más útil que, con actitud de distensión, se intentara establecer un espacio adoquinado de entendimiento y de respeto, en lugar de continuar agregando piedras sin pegamento a una nueva pared de separación que, al derrumbarse, les puede caer encima, de uno y otro lado, a sus propios constructores.

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