La otra media Colombia sociópata que Santos ignora

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Escrito por:

José Noriega

José Noriega

Columna: Opinión

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Se puede engañar a algunos todo el tiempo; a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos, todo el tiempo. (Abraham Lincoln)
Lo que faltaba, ahora resulta que quienes critican el proceso de paz son considerados, según el primer mandatario, como sociópatas, aquellos que se alegran de los errores de los demás, en una típica actitud del político que pretende que todos lo acompañen en posiciones obcecadas que únicamente buscan la satisfacción individual y ególatra de sus ilusiones, sin importarles a quién se lleven por delante, habida cuenta que lo importante es sentirse ganador, independientemente de terminar como el famoso general Romano, Pirro, ese que en cada confrontación terminaba más diezmado que el derrotado, pero era el ganador.

Todos los días observamos que el presidente Santos se vanagloria en decir de manera arrogante que él fue elegido para alcanzar la paz, posición respetable, pero no compartida, por cuanto a él se le eligió para gobernar a un país, no para plegarse a unos caprichos impositivos de unas personas que después de estar cansados de la guerra y sintiéndose derrotados, ahora exigen lo humano y lo divino para cesar en la búsqueda de aquellos ideales reivindicatorios sobre los cuales edificaron todos estos años de vergüenza y destrucción social y solamente pretenden tener una vejez tranquila y apacible, disfrutando y degustando los placeres de la vida caribeña.

Es bueno recordarle al primer mandatario que la mitad de los colombianos que participaron en el debate electoral en el cual se dio su reelección, decidieron otra opción y tanto ellos como otros encuentran objeciones a ese fallido intento de reconciliación entre los colombianos, en el entendido que no todos están de acuerdo en que es menester e imperativo hacer un borrón y cuenta nueva y dar aplicación a una justicia transicional que es aplicable en otras latitudes, pero que no ha sido fácil de entender por las muchas personas que han sufrido y padecido los vejámenes de una guerra fratricida, como para que de repente los responsables de muertes y desmanes salten a la vida pública e intervengan en la confección de un nuevo estado en donde tengan cabida y puedan disfrutar los placeres que la reincorporación a esa vida política les brinde.

Seguimos atornillados en un punto sobre el cual la insurgencia ha dado vueltas y pareciera no tener intención de salir de allí, mientras la sociedad siente encontrarse en un reboteo que simplemente genera el paso del tiempo, ocasionando con ello que cada día que pasa son más los optimistas que se vuelven pesimistas y todo porque este caramelo ya raya en lo absurdo y la poca credibilidad o aceptación que había, se ha ido diluyendo, al punto que hasta la misma comunidad internacional está exigiendo resultados ya que esto no puede seguir así de manera indefinida y mientras unos se encuentran a la orilla del mar, otros, en las montañas de Colombia, se sacuden de la modorra y el sopor atacando a las fuerzas del Estado, sin importarles llevarse por delante a la población civil, ya que es bien sabido que a ellos les da lo mismo matar a cualquiera y de esa manera irrespetan y violan las más elementales normas de confrontación bélica interna.

Ya va siendo hora que el presidente Santos se detenga un instante, se ponga la mano en el corazón y se dé cuenta que, aún en contra de sus deseos y comentarios de los áulicos que le acompañan, el premio Nobel de Paz o la sola nominación, está bastante lejos, se convenza que está equivocado y pareciera que el derrotado fuera el Estado y por ello se ha dejado irrespetar e imponer la agenda, porque es bueno aclarar que llevamos dos años largos encarretados en unos diálogos estériles e improductivos a la orilla del mar, mientras en nuestras montañas se despedazan las ilusiones de jóvenes soldados a quienes le rompen hasta el alma y habiendo perdido la capacidad de asombro y como una mula atravesada, el gobierno sigue arrodillado y plegado a unos caprichos insostenibles.

Como un pesimista no es más que un optimista bien informado, quiera Dios que el primer mandatario se convenza de que le están mamando gallo y replantee la cosa, porque hasta ahora está haciendo el papel de idiota útil y quedando como un badulaque, porque si bien es cierto todos queremos la paz, no es menos cierto que la dignidad es innegociable y el Estado no puede seguir genuflexo.

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