El servidor del pueblo

Editorial
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No estaría mal que todo aquel que aspire a gobernar comenzara su carrera por jugar el papel de presidente en una obra de teatro.
Así se trate de ficción, la simulación del ejercicio del poder debe dejar enseñanzas útiles, parecidas a las de la experiencia real. Por lo demás, la liturgia propia del oficio tiene unos cuantos elementos teatrales. Sin ellos no se sostendría el mito reiterado de la relación interminable entre gobernantes y gobernados, que se sustenta en símbolos, dichos, ceremonias y manifiestos. Pero, a la hora de la verdad, sería mejor optar por la aventura de la seriedad.

Todos los días, los gobernantes juegan un rol del cual viven pendientes áulicos, burócratas, estrategas, comunicadores, partidos políticos, gremios, y uno que otro ciudadano. En ejercicio de ese papel los gobernantes salen en los medios a lucir sus condiciones, hasta que hastían a la gente con su figura y con su voz. Así pasa inclusive con los que no aparecen en público, como el presidente Buteflika, que acaba de renunciar al poder en Argelia luego de un silencio de más de cinco años, a lo largo de los cuales dejó que funcionara la idea simple de que él estaba en algún lugar.

Un actor ucraniano, que hacía las veces de presidente de la república en la serie de televisión “Servidor del pueblo”, ha ganado la primera vuelta de la elección presidencial de verdad. Conforme al libreto, la llegada al poder de un maestro de escuela, representado por Volodymyr Zelenskiy, se produjo como consecuencia de una oleada de descontento ciudadano hacia la clase política, gracias al poder de las redes sociales. Nada podría ser más creíble ahora, cuando se recomienda hacer campaña por las redes y desconfiar de los medios tradicionales, que andan a la cacería de temas para interpretar, en los mismos laberintos de internet.

Nadie podría decir estrictamente que Zelenskiy carece de esa legendaria experiencia que se exige a quienes se ocupan de gobernar. Antes que todo, su papel en la televisión, al menos en las apariencias, que cuentan demasiado para los electores elementales, le tiene que haber conferido elementos suficientes para fortalecer su criterio, con la ventaja de que lo ha hecho siempre para satisfacción del pueblo, medida en la sintonía de un programa que, de no ser popular, habrían tenido que cerrar.

Tal como en el libreto, la campaña del actor de cuarenta y un años, que admite no contar con ideas políticas, se ha centrado en la circulación masiva de videos inocuos. Argumentos como “no promesas, no desilusión” resultan fácilmente digeribles para electores elementales, como los que han llevado a otros al poder. Nada de manifestaciones ni debates, salvo uno que tendrá lugar en un estadio, montado como carpa de teatro, en el que se enfrentará al otro finalista, nada menos que el presidente en ejercicio, que ha tenido que llevar la carga de una etapa tremenda de la vida nacional, que incluye la toma de Crimea por parte de los rusos, y el manejo de dilemas internos e internacionales que requieren de conocimiento y claridad.

En defensa del señor Zelenskiy juega su capacidad para asumir papeles protagónicos. Algo que, en el mundo de hoy, parecería ser una exigencia para todo el que vaya a gobernar. En su favor juega también la esperanza, generalizada, de que aparezcan caras nuevas en el catálogo de las opciones políticas. Por lo demás, la lista de los interrogantes que se abren en su contra no deja de crecer. Sus encuentros preliminares con actores de la vida política, doméstica e internacional, al parecer han resultado desastrosos. Pero, sobre todo, su relación con el potentado Ihor Kolomoisky, dueño del canal de televisión del “servidor del pueblo”, y la insistencia del candidato en que no será títere de nadie, despiertan toda sospecha sobre su idoneidad.

Según algunos, ahí tienen los ucranianos la opción de vengarse de la clase política, y de llevarse de una vez todo el establecimiento a un abismo inmerecido para una nación que requiere, más que en cualquier otra época, de la seriedad y el acierto necesarios para mantener su independencia entre los campos magnéticos de Rusia y la Unión Europea, que en razón del lugar que ocupa en la geografía, no permite fácilmente escapar. Para eso, que es cosa seria, no bastaría con tener buen sentido del humor.

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