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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Algunas personas, incluida mi esposa, ya sospechan la verdad. Además ya alcancé la edad en que los seres humanos perdemos el miedo al qué dirán.

He decidido salir del closet y sincerarme con el mundo para dejarle saber que detesto diciembre con sus aburridísimas novenas, que ya no soporto un tutaina ni un burrito sabanero más, que estoy harto de comer el mismo pavo desabrido y que me gusta acostarme temprano el 24 y el 31.

¿Cómo me va a gustar una época en la que todo el mundo te pide el aguinaldo? Toca comprar aguinaldo para los amigos, los familiares, y todos los allegados, y peor, para tus hijos, que seducidos por la televisión hacen una lista de regalos llena de electrónicos que valen un ojo de la cara.

Y ni que decir de la gente que jamás has visto en la vida, o de lejana familiaridad, que llega a pedirte el aguinaldo. ¿Qué bolsillo aguanta eso? Ninguno.

Además he tenido malas experiencias que me han hecho cogerle fastidio al asunto. Una vez unos amigos nos invitaron a pasar el 24 con ellos. La estábamos pasando fenomenal: buen trago, buena música y demás.

Faltando 10 minutos para las doce, el único hijo varón de la familia tomó la palabra, y dijo que aprovechando que toda la familia estaba reunida, quería hacer un anuncio.

Yo no oí muy bien lo que dijo por culpa de la sordera que padezco y de la música y las conversaciones a mí alrededor. Dijo algo que terminó en toda y, pero yo entendí gay.

Y como de pronto vi que la mamá y el papá comenzaron a llorar, y que la fiesta en un santiamén se transformó en una exhibición de depresión colectiva, y afanado por saber que era lo que estaba pasando, le pregunté a mi esposa en voz alta, que si era que el muchacho había anunciado que era gay.

Mi esposa me dio un codazo en la costilla. ¡Cállate! Vámonos rápido; por el camino te explico. ¡Tanto alboroto porque el pelao había decidido irse de sacerdote!

No entiendo como a la gente le puede gustar las fastidiosas y aburridísimas novenas. Las detesto desde niño, aunque las he sufrido con mal disimulado estoicismo.

Una rezadera sin son ni ton aderezada con unas canciones horrorosas, como el tal burrito sabanero que tanto emociona a algunos, y en donde nunca falta el pelao inquieto al que se le ha dicho cincuenta veces que no toque las figuras del pesebre ni las bolas del arbolito, y al que uno ya está a punto de darle un cocotazo si no fuera por el detalle de que es hijo ajeno. Abunda la horrorosa natilla, el buñuelo frío y las otras delicias de nuestra tierrita.

El año pasado le di la última oportunidad a la víspera de año nuevo. Me compré una pantaleta amarilla para la buena suerte, las doce uvas para los doce deseos, y alisté dos maletas gigantes de esas que ya no aceptan las aerolíneas, dizque para viajar mucho.

Faltando cinco pá las doce, me puse la pantaleta amarilla sobre el pantalón, y cuando comenzaron a sonar las campanadas, salí corriendo con las dos maletas a darle la vuelta a la manzana mientras me comía las uvas. Jadeante y medio infartado ya casi llegaba a mi casa, cuando me detuvieron dos patrullas de la policía. Algún redneck vecino carente de sensibilidad cultural había llamado a la línea 911 diciendo que un tipo sospechoso andaba corriendo como loco con dos maletas y vestido de forma rara.

Podrán imaginarse lo ridículo que se ve un hombre edad media con pantaleta amarilla, en medio de la calle y del frío invernal y llevando dos maletotas dando explicaciones sobre nuestras supercherías. Ya uno está demasiado viejo para ser tan pendejo.

Con razón a tanta gente le da la depre, y es que no es para menos, ya que la Navidad se ha convertido en una fiesta pagana insufrible. Como remedio, he optado por celebrar la Navidad únicamente en su dimensión espiritual. Es gratis, útil, auténtica y cero estrés. Les recomiendo que hagan lo mismo para que dejen de sufrir. ¡Feliz Navidad!

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