Belleza humana

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

¡Cuán complejo, cuán difícil definir la belleza humana! ¿Qué es realmente, cómo y quién la define? De manera simplista, se puede afirmar que es cualidad visible de quienes nos atraen y nos incitan a la contemplación. Subjetiva, contiene elementos de abstracción individual y colectiva; tiempos, lugares y circunstancias confluyen para complicar más el asunto. Agréguele ahora filosofía, antropología, etología, sociología y psicobiología para terminar de enmarañar las cosas, esto sin contar las presiones comerciales y políticas de los prefabricados patrones de hermosura. Al final, termina siendo el resultado de consensos sociales bastante heterogéneos.
En la prehistoria, la belleza humana estaba determinada esencialmente por la posibilidad de procrear descendientes cada vez más sanos y perpetuar la especie, algo más relacionado con la genética: el fenotipo (la parte visible del individuo) como expresión del genotipo, determinaba la relación de pareja: la selección natural en acción, según Darwin. Cada civilización desarrolló sus propios patrones en los que juegan la edad, proporciones, salud corporal y sensualidad. Primaba la estética exterior sobre lo espiritual, intelectual o social. En la antigua Grecia, según lo expresa Platón en su diálogo "Hipias mayor", la belleza era más un resultado de acciones benéficas, placenteras y provechosas, como el heroísmo, el valor o el coraje, conjugando lo bueno y lo estético. El culto a los atributos físicos se representó en Afrodita, la Venus de Milo y Apolo.
Los egipcios realzaban la hermosura con varios baños diarios y rituales de belleza con aceites y ungüentos, y decoración: enfocaban sus más altos referentes en Cleopatra. Los romanos, hombres y mujeres, se preocupaban por su aspecto: aseo, maquillaje, vestiduras, depilaciones y otros temas eran cotidianos; atendían los cánones griegos. Escipión el Africano pone de moda la rasurada masculina completa, y la llegada de esclavos de piel morena impulsa a las romanas a la moda de ser blancas y rubias, con peinados elaborados y otros artificios. En el Japón feudal se privilegiaba a la piel nunca expuesta al sol (elitista minoría), de modo que las mujeres del común desarrollaron estrategias distintas para atraer a los hombres, en particular la cultura que se expresa muy bien en el "hiragana". Las chinas, desde épocas inmemoriales, se referencian en cuatro bellezas: Xishi, Wang Zhaojun, Diaochang y Yang Yuhuan.

Las matemáticas ponen su cuota para determinar los cánones de belleza: los egipcios medían la proporcionalidad de la figura humana El griego Policleto dijo que el cuerpo humano debía medir lo que siete cabezas (después pasaron a ocho). Vitruvio, en la Roma imperial, determina unas proporciones que luego inspiran al genial Leonardo Da Vinci, quien con el "Hombre de Vitruvio" establece los patrones de proporcionalidad que aun hoy se utilizan en el arte pictórico y en la cirugía plástica.
En la Edad Media europea, el dominio de la iglesia católica obliga al recato exagerado en las mujeres especialmente, de modo que la parte espiritual dominaba sobre la corporal. Sin embargo, predominaba el patrón femenino de los bárbaros: tez pálida, cabellos rubios, y extremidades largas y delgadas, caderas estrechas, pechos pequeños, cara ovalada con ojos y nariz pequeña, y labios carnosos; no se usaba el maquillaje. Juan Ruiz, en su "Libro del buen amor", describe detalladamente a la mujer de entonces. Boticelli, en "El nacimiento de Venus" define gráficamente el epítome de belleza. Pero el renacimiento cambia un tanto los puntos de referencia: perfumes, carmines, alunares pintados y peinados pomposos eran usanza habitual, según lo reflejan las pinturas. Era, pues, época de coquetería, pomposidad y belleza artificial. Rococó y romanticismo no se destacan especialmente, pero los finales del siglo XIX y primeros del XX irrumpen con cambios significativos y constantes en la estética de la belleza, que se acentúan en el transcurso de la pasada centuria. Las revistas, el cine, la televisión y la pintura los testifican. Marylin Monroe, Brigitte Bardot, Raquel Welch o Sofía Loren, bellas pero muy diferentes, marcan época: Posteriormente, los concursos de belleza definen los patrones actuales, replicados en los medios masivos y anuncios publicitarios. Obviamente, en ellos predominan los referentes anglosajones, aun cuando la globalización acepta patrones orientales, afro y latinos como hermosos referentes, ya no exóticos sino frecuentes y cada vez más deseables.
Dijo Emile Zolá quela belleza es un estado de ánimo. Sin desconocer que el aspecto físico es fundamental, a partir de la liberación femenina la belleza es integral, fresca, espontánea, natural, y depende menos de patrones prefabricados. Como en la trinacria druida, interaccionan cuerpo, mente y espíritu para integrarse en un todo de hermosura real. La belleza física es un activo de corto plazo, que sólo cobra valor cuando se complementa con una mente cultivada y un espíritu sano. Y es eso, precisamente, por lo que abogamos hoy: una verdadera belleza humana, la del perfecto equilibrio y armonía entre esos elementos de modo que constituyan un todo: jamás hubo tanto a favor para lograrlo.

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