Recompensas y otras arandelas

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Aunque no se diga explícitamente cuánto vale un ser humano, las autoridades tasan la vida de los ciudadanos cuando establecen sumas de dinero por información que permita la captura de delincuentes. Pensándolo bien, esos millones de pesos no son el precio del malhechor sino de la víctima del correspondiente delito. Así, pues, podemos deducir que no todos los damnificados valen lo mismo para el estado colombiano. Cuando se trata de personas 'valiosas' para el gobierno, las recompensas son elevadísimas; si en la misma situación se halla una persona 'modesta' --para llamarla de alguna manera-- la recompensa se reduce y muchas veces son los propios familiares quienes tienen que ofrecerla y pagarla.
¿Acaso cincuenta o más millones de pesos son poca cosa como recompensa? ¿No sirve mejor esa suma para mejorar la dotación de un colegio, o para la sala de maternidad de cualquier hospital de provincia o para aliviar un poco a las familias golpeadas por calamidades como las causadas por la llamada ola invernal o los fenómenos del Niño y de la Niña? Nos preocupa la facilidad con que las autoridades establecen esas recompensas, como si tuvieran un rasero para saber cuándo esa suma debe ser mayor o menor que las entregadas en casos anteriores, similares. Si las autoridades se dedicaran a cumplir el trabajo que les corresponde, no habría necesidad de ofrecer y mucho menos sacar esas sumas de las arcas del Estado. Debemos preguntarnos por qué se ofrecen recompensas tan elevadas para lograr un resultado que de todas maneras las autoridades deben garantizarnos. Ese es su oficio.
La información es necesaria, claro está. Pero el ofrecimiento de dinero por esa información abre las puertas para que personas inescrupulosas vean la posibilidad de ganarse muchos buenos pesos aunque al final la delación resulte falsa. No son raros los casos en los que un delator acusa o suministra pistas para la captura de un presunto delincuente y, a la postre, se comprueba que se trataba de una venganza personal. En el libro "Te hablo desde la prisión" (2010), la periodista Jineth Bedoya, autora, relata un hecho real: la condena y encarcelamiento de un empleado bancario acusado por un superior por haberse apropiado, supuestamente, de un dinero. Resultó que el recluso se suicidó, después de quedar en la ruina material y moral, mientras que su mujer terminó viviendo con el acusador. Esta obra, impactante de principio a fin, es una muestra de cómo las delaciones pueden tener orígenes en el bajo fondo de la sociedad. Recordemos que a la periodista Bedoya, por sus persistentes denuncias sobre maltrato contra las mujeres, se le otorgó el 'Premio Internacional a las Mujeres de coraje'.
Por otro lado, aún en el campo de la justicia, aparece la llamada 'rebaja de penas'. El acusado, para no hacerle perder tiempo a la Justicia, decide aceptar los cargos en su contra. Por ese gesto magnánimo (propio de personas de bien, de grandeza de ánimo) se le reduce su condena.
Luego, en la cárcel, obtiene beneficios por estudios ('Popeye' cursó más de quince diplomados), por trabajo (Miguel Rodríguez Orejuela montó el quiosco "El pobre Migue") y por buena conducta, cualquier reo logra su libertad en menos tiempo del estipulado en la condena inicial.
Para terminar, dejemos en el aire una pregunta cuya respuesta no es desconocida: ¿Por qué para pagar recompensas se dispone tan prestamente de los dineros que pagamos en impuestos?

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