Los grandes de la historia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

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Twitter: @JPEcheverry

El mundo está lleno de diferentes tipos de personas. Entre las admirables están quienes defienden sus ideales y principios sin importar las circunstancias. A esos, la mayoría de las veces el tiempo les da la razón - aunque por momentos se las quite. Ese tipo de hombres piensan como la frase del Talmud: "No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos".

La realidad no está completa sin ellos y al interpretarla abren nuevas opciones para solucionar los problemas. Aunque parezcan tercos y sean socialmente mal vistos, no se retractan ni rectifican cuando saben que tienen la razón.

El ilustre profesor colombiano Fernando Hinestrosa se definió entre ellos con unas líneas contundentes: "Algunos dicen que somos altaneros. No es cierto. Somos altivos que es diferente, porque nuestra columna vertebral son los principios".

La historia está llena de la experiencia de esos grandes. Tomás Moro no rectificó ante Enrique VIII, siguió pensando que el rey no podía estar por encima de Dios ni de la Iglesia y aceptó su castigo con dignidad. Caminó él mismo hasta la guillotina con el honor de un hombre que muere sabiendo que hizo lo correcto. Guardando las proporciones, el mismo Jesús asumió su cruz con dignidad.

Pues bien, el ámbito de lo político no se queda atrás y también le ha dado al mundo muchos de esos grandes.

Sir Winston Churchill no se amilanó cuando perdió batallas como Primer Lord del Almirantazgo ni elecciones como Primer Ministro. Lo contrario, respondió desde sus valores: "Un político se convierte en estadista cuando deja de pensar en las próximas elecciones y comienza a pensar en las próximas generaciones", dijo.

Margaret Thatcher no se disminuyó antes las críticas hacia sus medidas económicas impopulares. Insistió hasta que dieron resultados y solucionaron la problemática de desempleo en Gran Bretaña. Ronald Reagan no desfalleció tras perder la nominación presidencial republicana en Estados Unidos. Criticado por ser sólo un actor ganó las elecciones de 1980 y 1984 convirtiéndose en el líder político más influyente de su país y del hemisferio.

Abraham Lincoln fundó un partido que perdió sus primeras elecciones. No faltó quien aconsejara que la fundación del nuevo partido había sido un error. Pero insistió, fue candidato y se convirtió en el primer Presidente republicano de la historia. Sus tesis y su partido siguen vigentes casi dos siglos después. Simón Bolívar no se redujo con las dificultades militares y políticas de la época.

En un momento se definió a sí mismo como "el hombre de las dificultades". Sin embargo permaneció firme en los ideales que fundaron la gran Colombia y no se movió un milímetro de los principios que libertaron cinco naciones.

Colombia ha tenido en los últimos años la posibilidad de ver ese mismo estilo de los grandes en la figura del ex presidente Álvaro Uribe. Ha seguido con disciplina, valor y coherencia defendiendo las tesis que le cambiaron positivamente la cara al país. Recibe ataques y no se rinde. Anima la controversia y el debate, pero sigue promoviendo la respetabilidad y pertinencia de sus principios. No rectifica en contra de sus ideales, los explica hasta el último de sus días. Y como la mayoría de los grandes, el tiempo le dará la razón.

Lastimosamente también hay otro grupo de personajes: los que buscan poner su figura por encima de los principios e ideas y precisamente por eso nunca lo logran. Se autodenominan "pragmáticos". Para ellos todo depende de acuerdo a las circunstancias y así mismo cambian de posición según les convenga.

Si son políticos, no ven mayor inconveniente en elegirse con unas tesis y gobernar con otras diametralmente opuestas. No hay que hacer mayor esfuerzo para ubicar en este último grupo a nuestro flamante y actual Presidente. Se posesionó en su cargo gracias a la imagen, el trabajo y la voz de Uribe; pero pretende extender su período con la inconstitucional e impopular idea de Piedad Córdoba.

Y para ese estilo de personas el destino guarda la triste recompensa de la ignominia en la historia.

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