Santos la botó del parque

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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

e-mail: rvisan@gmail.com

El presidente Santos por fin se sacó la llave de la paz del bolsillo y como buen "tahúr" cuando nadie lo esperaba, puso sobre la mesa el as bajo la manga.

Lo curioso es que su plan de acercamientos en caliente y herméticos en Cuba, al parecer con el apoyo de su hermano Enrique, fue revelado antes de tiempo por su actual archirrival, el travieso de los trinos, ¿quién lo creyera? Álvaro Uribe Vélez; quizás, el expresidente, en medio de su visión en blanco y negro, pensó que la matiz de la paz en vez de ser un rayo multicolor de luz, era una oscura sombra para Santos y a nuestro buen saber y entender, ojalá termine siendo otro de sus bandazos equivocados.

Con el revuelo que se formó, se reveló en el ambiente, que más bien, el anhelo de paz de los colombianos, es aún más fuerte que el de la guerra. Sin embargo, también se abre un amplio camino en el que hay que dar muchos saltos de calidad que permitan recuperar las confianzas perdidas, teniendo en cuenta que el país nacional no aguanta una frustración más, una nueva época de baño de sangre, ni mucho menos acepta todavía del todo que se le abran, así como así, espacios políticos, económicos y sociales a los eventuales ex combatientes en un escenario de post-conflicto.

Lo importante en este punto es ser consciente de que en toda negociación alguien tiene que ceder y que nadie puede creer tener la verdad revelada. La paz tiene sus costos y sus alternativas y en este nuevo pacto social, debemos participar todos. Además, en el mundo de hoy de tribunales internacionales, redes sociales, indignación ciudadana y fuertes conquistas en el respeto a los derechos humanos, a la paz hay que llenarla de nuevos contenidos: paz con justicia social, paz con reparación integral de las víctimas, con memoria histórica y derecho a la verdad, con garantía de no repetición, con erradicación del narcotráfico, la corrupción, el clientelismo y la trinca generalizada entre la política y la economía con las mafias, en últimas no sólo una paz con equidad, sino con todo lo que se nos ocurra en nuestra autodeterminación como pueblo para salir de este atolladero en el que vivimos, en un país que pareciera tuviera una vida prestada y que su alma se hubiera llenado de odio, violencia y desprecio por las normas y la civilidad.

Es también necesario pensar en que la solución política al conflicto armado en nuestro país, es un primer paso y no el único para acabar con la violencia, avanzar en la erradicación de la pobreza y la desigualdad, la generación de empleo, la redistribución equitativa de la riqueza, en fin, para consolidar el Estado Social y democrático de derecho.

Las Farc no son el kraken de los problemas de Colombia, hay muchos más desafíos, entre estos la seguridad ciudadana y la inequidad. Nada más revisar los indicadores de pobreza y los rezagos en muchos aspectos en materia de competitividad, seguridad y protección social, innovación, cultura democrática, etc, para entender que hay que ser muy generoso en reconstruir la convivencia para poder avanzar hacia un país más justo, equitativo, progresista e incluyente.

En ese marco, si uno revisa detenidamente los indicadores de criminalidad, quizás se lleva muchas sorpresas, cuando encuentra que las mayores referencias de conductas corresponden a los llamados delitos de alto impacto en los bolsillos de los ciudadanos de a pie y que son las que realmente se convierten en pan de cada día en las cocinas de capas medias como el raponeo, microtráfico, micro extorsión, riñas, homicidios, violencia intrafamiliar, etc.

En esos escenarios, las Farc es más el rechazo que genera entre la población, producto de muchos años de elaborar un discurso del terror del que su mensaje ha calado en las mayorías y ha permitido magnificar los actos de la insurgencia por parte de quienes les sirve tener un enemigo común en la sociedad del miedo y los semáforos, que el real accionar militar y político de esta guerrilla.

No obstante, para Colombia y para Latinoamérica entera el diálogo social y la reinserción de las Farc, representa cruzar una cruenta página que nos permita avanzar hacia una Nación unida, reconciliada, con esperanza, a paso galopante para posicionarse en las dinámicas del Siglo XXI.

Después será necesario buscar otros pactos de convivencia, otras estrategias contra la cultura de la ilegalidad, la autocomposición y para recuperar el alma enferma de este país, luego de décadas de guerra prolongada, dolor y deseo de venganza, así como tendremos que pensar en cómo contrarrestar la presencia de una nueva generación, criada en medio de una cultura mafiosa, sin escrúpulos, capaz de todo por defender su pedacito de tierra, su caleta, su dinero fácil, lo "suyo", en fin, entre otros valores negativos que pareciera se han promovido por muchos medios y se han convertido en un fenómeno social y cultural; esa perversa idea de "ganarle a la vida" por la ruta más fácil o como sea, sin reconocer ninguna autoridad, hacer el menor esfuerzo, o seguirse por formas civilizadas de resolver los conflictos

Los enemigos agazapados de la paz que le apuestan a que este proceso sea un fracaso para renacer de las cenizas como la única opción del tableteo de los fusiles, los que sólo hacen cálculos electorales sobre si se avanza en los diálogos con efectos positivos, Santos garantiza su reelección en 2014, los que le quieren poner palos en la rueda a la reconciliación nacional, se quedan cortos, lo que se avizora es que si Santos logra la paz dialogada, garantiza su paso a la historia.

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