Santa Marta: competitividad e inclusión

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Escrito por:

Alberto Carvajalino Slaghekke

Alberto Carvajalino Slaghekke

Columna: El Arpa y la Sombra

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Proyectar la sustentabilidad integral de una ciudad cuando más del 85 de su población se encuentra afiliada en los tres primeros estratos del Sisbén indica claramente la magnitud y esfuerzo del proyecto de una ciudad mejor. Ese presente retrata la ausencia histórica de políticas de desarrollo social incluyentes y explica en buena medida la degradación inocultable de su entorno.

El estado actual de sus cuencas hidrográficas así lo evidencia, como también la lucha por un espacio para vivir de una masa campesina que fue desarraigada de sus tierras, producto de una época de políticas criminales de expropiación que se efectuó a la luz del día y que durante muchos años no tuvo respuesta solidaria del Estado. Muchos de los habitantes de los cerros y de los asentados en las rondas de los ríos tienen ese origen. Asentamientos que explican desde la perspectiva de la lógica abyecta del mecanismo de precios de la tierra, su ubicación espacial. La pobreza como bien lo anota Amartya Sen limita la libertad y golpea la dignidad de quien la padece. Santa Marta debe atender sus propios problemas y además debe evitar el aumento de la presión expresado en el incremento de su población vía migración. Su búsqueda de competitividad social se dificulta con la presencia de esas manifestaciones.

La corrupción, por su parte, que ha estigmatizado este territorio, ha provocado importantes e indeseables sesgos en el imaginario colectivo. Es urgente generar escenarios que generen referentes diferentes, asociados a los hechos y acciones moralmente buenas. Así las cosas, Santa Marta debe emprender hoy la búsqueda definitiva de su competitividad en un concierto globalizado, pero ella debe ser conceptualizada desde la perspectiva de la sociedad en su conjunto y no desde la exclusividad de lo empresarial. Mantener esa perspectiva es un error histórico imperdonable en la medida en que la crisis económica mundial hoy lo evidencia en el caso de muchas regiones y ciudades. Para que una ciudad sea competitiva no basta con que lo sean solo sus empresas, sus ciudadanos deben ser igualmente competitivos: el bilingüismo, el conocimiento de los elementos comunicacionales propios del siglo XXI y una educación pertinente, son exigencias mínimas que deben ser facilitadas a la sociedad.

De esa manera los ingresos que para los empleados de Santa Marta resultan ser menores en un 25% a los que se reciben en Bogotá, pueden iniciar su recuperación. Mientras tanto, deben ser protegidos en el corto plazo y ello solo se logra desde el control de la oferta mientras maduran los proyectos estructurales de competitividad, a través del control de precios de los alimentos y para ello es necesario explorar la posibilidad de utilizar las tierras en el sector rural propiedad del Distrito como cinturones proveedores de alimentos operadas como granjas distritales, operativizadas por muchos de los campesinos desplazados que hoy no tienen oportunidad de desarrollar sus experticias. Las rondas de los ríos se deben recuperar y habilitar desde la perspectiva de los espacios lúdicos a través de la reconstrucción paisajística redefinida desde la amabilidad del lugar. Dicha política debe ser acompañada con el desarrollo de planes de reubicación habitacionales amén del inmenso déficit habitacional que para esos estratos presenta la ciudad. La búsqueda de la ruta que posibilite el ingreso a la dignidad humana de muchos de los habitantes de Santa Marta obligan a la asertividad en la elección de políticas de inclusión reales y no retóricas, basadas en un sentido profundo de justicia social que es la manifestación trascendente del humanismo. Por ello, como se plantea en estas líneas, las políticas económicas diseñadas a partir de la demanda tienen mucho que decir y mejorar de los efectos de exclusión, pobreza y hambre producidos por políticas económicas que desde su perspectiva de la oferta solo han producido mayor concentración de la riqueza, inequidad e iniquidad. Lo contrario sería más de lo mismo y ello sólo conduciría al estallido de la olla de presión que es hoy nuestra sociedad colombiana, así muchos quieran tapar el sol con su arrogancia.

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