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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

A veces se pregunta uno si lo malo que sucede en Colombia es consecuencia de que nuestros líderes, en su mayoría, carecen del talante moral que se demanda o espera de las figuras públicas que deberían ser los faros morales del país.

Un exministro y columnista de El Tiempo en su columna dominical titulada Paganini, y los tuits de un hombre de radio, Julio Sánchez Cristo, sobre lo acontecido con el exministro Arias, me dejaron aterrado. Los planteamientos de los mencionados demuestran no solo el cinismo al que hemos llegado sino también la falta de sentido común. Hemos caído en las turbias aguas del relativismo moral.

Ambos personajes coinciden en que no gustan de Arias y ambos dicen que la pena es excesiva. El exministro Vargas argumenta que parece una pena muy severa y para delitos graves. Sánchez Cristo dice que aunque la pena es excesiva, no se puede legislar a la medida y crear una doble instancia para favorecer a Arias.

Nunca me gustó que Arias huyera del país y aplaudo que lo hayan devuelto a la brava. No sé si sea culpable o inocente porque ese es un tema de estrados, pero lo que sí sé es que la exigencia de una doble instancia es razonable, justa y necesaria. Cuando está de por medio el segundo derecho más fundamental, la libertad, tiene que haber una segunda instancia de apelación y revisión. Es un asunto de elemental justicia, y en esto no yerran quienes dicen que se comete una injusticia con Arias, que no es solo con él sino también con todos los que están en su misma situación.

No corregir lo que está torcido porque tiene la apariencia de legislar con nombre propio es torpe. Que la ley sea retroactiva es irrelevante en el derecho penal. Uno de los principios del derecho penal permite la retroactividad de la ley cuando le es favorable al acusado. Quizás la única excepción que permite la aplicación retroactiva de la ley. Que el detonante del accionar legislativo sea Arias simplemente constata que los poderes públicos reaccionan y responden a hechos y eventos que demandan su accionar. Aquí no hay nada raro ni fuera de lo ordinario. Esto sucede en todos los estados de derecho del mundo. El cuento de Dura Lex Sed Lex, es una máxima absurda que en sistemas de derecho consuetudinario causa risa. Si la ley es injusta, pues hay que cambiarla. Han pasado muchos siglos desde que esa máxima jurídica vio la luz como para creer que es dogma de fe.

Supongamos que se logra una doble instancia y que nuevamente Arias es encontrado culpable y se le impone la misma pena. A mí no me parece excesiva por el cargo que ocupó y la responsabilidad que tenía. Es más, me parece que sería una pena laxa. La corrupción al más alto nivel debe ser castigada con todo el rigor que permita la ley. El tema para mí no es que la pena de Arias sea desproporcionada; el tema es que la pena irrisoria que recibieron otros delincuentes es una burla a la justicia. Que el exministro Vargas afirme que lo supuestamente hecho por Arias no es grave y que no pasa de ser una pilatuna, evidencia que nuestros dirigentes perdieron la brújula. No hay un referente moral y todo es política. Las justas electorales, independientemente de su veredicto, no nos van a hacer una mejor Nación mientras no encontremos el norte moral.

El relajamiento de los valores y la dificultad en entender lo que es bueno y lo que es malo abren la puerta a todo tipo de comportamientos antisociales, que van desde el narcotráfico y pasan por la galopante corrupción. Vivimos en los tiempos de las pilatunas donde nada es suficientemente grave como para merecer cárcel y mucho menos sanción social. Los delincuentes en Colombia son héroes. El pecado no es ser delincuente sino delincuente y pobre. El delincuente héroe sabe hacerla porque se burla de la justicia y sale a disfrutar el producto de su delito.

Un país donde uno de los delincuentes más sanguinarios de la historia es admirado y considerado santo por muchos y donde nuestros dirigentes relativizan todo, es un país al borde del abismo.

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