El crimen está en la crueldad

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Hace un par de semanas, en Barcelona, fue condenado un joven de veintiún años llamado Kanghua Ren –al parecer, de origen chino- a las penas de quince meses de prisión y al pago de veinte mil euros en tanto que indemnización de su víctima.

Le fue bien. La Fiscalía pedía para el reo, después de haber sido probada la comisión de un delito contra la integridad moral del mendigo al que humilló, dos años de cárcel y treinta mil euros de sanción pecuniaria. Lo más seguro es que, claro, merced a subrogado penal, el condenado no vaya preso un solo día, aunque sobren los que así lo quieran. Pero, ¿cómo ofendió a la sociedad catalana el señor Ren, quien, antes de ser procesado criminalmente, era un youtuber (no sé dónde buscar la palabra en castellano para este oficio) que redituaba en contante las millones de visitas que le hacían sus adeptos en línea? La pregunta ha sido respondida, pero, de algún modo, sigue abierta. 

A finales del año 2016, Ren salió a la calle con su teléfono celular a efectuar unas de sus ya entonces famosas bromas. Había preparado un paquete de galletas Oreo de la manera que más le pareció graciosa: una vez retirada la crema blanca de las golosinas de chocolate, emparedó pasta dental blanquiazul en algunas de ellas y les devolvió su apariencia original. Así, cuando el pobre incauto al que seleccionara al azar –de entre los más desvalidos-, para darle el dentífrico envuelto en las cortezas marrones, no pudiera disfrutar del espontáneo regalo que un buen chico le hiciera, sino que lo repugnara, Ren reiría como un subnormal hasta que los subnormales que lo observaran por internet le pidieran hacer una nueva cosa del mismo estilo, una más divertida. 

Kanghua Ren encontró sentado en los andenes de invierno a uno de sus habitantes, Gheorghe, rumano de 52 años, que, con actitud de quien ha hecho luz de la penumbra, borbotea en la filmación genuino agradecimiento por la comida gratuita, así como por los veinte euros que el guasón le entregó antes, acaso para ablandarlo (como si en realidad hubiera necesitado hacerlo). El fiscal de delitos de odio de Barcelona ha presentado en juicio la prueba de la inexistencia de remordimiento en la conciencia del enjuiciado, un aparte del video en el que aquel dice lo siguiente: “A lo mejor me habré pasado un poco, pero mira el lado positivo: esto le ayudará a limpiarse los dientes. Creo que no se los limpia desde que se volvió pobre”. Hay todo un debate que no cesa respecto de si este caso consistió en un verdadero crimen de odio, o si, simplemente, es una muestra de idiotez juvenil como muchas de las que se ven por internet en estos días.

Existen, incluso, quienes se matriculan en la teoría de que la justicia ha sido excesiva con Ren, y no ha faltado, de entre estos, alguno que haya alcanzado a hablar de libertad de expresión y demás argumentos liberales que, válidos en otros escenarios, aquí no tendrían cabida seria. En mi opinión, sin embargo, no parece ser que esta cuestión se adapte a ninguno de esos moldes. Creo que, tal vez, un apéndice de aquel cuerpo social se vio al espejo un instante y se horrorizó, de su presente y de su posible futuro; y, así, el aparato judicial de Barcelona fue el instrumento de su razonable miedo a caer más bajo en lo sucesivo... Aunque no se pueda hablar propiamente de “delito de crueldad”, este evento ha demostrado que no todo está perdido para los vulnerables.

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