El plan de mi vida

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Escrito por:

Luis Reyes Escobar

Luis Reyes Escobar

Columna: Opinión

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Mi relación con mi abuela fue muy particular. Siempre me trató como adulto.

Recuerdo mucho cuando me decía “bueno don Luis, ya usted es casi un hombre. En 6 años termina el colegio, entra a la universidad, pisa los 20, llega a los 30, termina sus posgrados, se casa y tiene hijos. El tiempo pasa volando”. Esto influyo en gran medida, para que desde muy niño me ocupara pensando en temas como la importancia de escoger una buena carrera universitaria y lo difícil que sería conseguir a la mujer ideal para pasar el resto de mis días. Que interesante es mirar con retrovisor el pasado y darme cuenta de cómo vivía, desde muy temprana edad, 20 o más años adelantado.

Ocupar tantas horas de mi día pensando en lo que sería mi futuro, me llevó a convertirme en un planeador 24/7. Era imperativo tener un plan, una ruta a seguir, un horario, un checklist, etc. para sentirme pleno. Lo que se saliera de esos parámetros, lo percibía como un completo desorden. Creía que la única forma de hacer las cosas bien, era a través de un plan. Planeaba proyectos productivos, vacaciones, almuerzos, en fin, las opciones eran infinitas. Más de una vez traté de “hippie desadaptado” a cualquiera que anduviera por el mundo sin un horizonte a seguir. Los veía como personas que no querían tomar las riendas de su vida, algo inconcebible para mí.

Con frecuencia escuchaba a los adultos decir de forma despectiva “el que no sabe para dónde va, cualquier bus le sirve” y dando por hecho lo dicho, algunas veces lo repetía. Sin embargo, en estos últimos años me he preguntado ¿qué tiene de malo que todos los buses te sirvan? ¿Acaso eso no implica que tienes más opciones? ¿Desde cuándo tener varias posibilidades se convirtió en un problema? Mis cuestionamientos me llevaron a querer experimentar lo que sería vivir mi vida sin tantos planes. Puede sonar un poco tonto, pero intenten cambiar un habito de más 20 años y entenderán a lo que me refiero.

La forma que escogí para intentar hacer algo sin muchos planes, fue viajando en bus por toda Nueva Zelanda. Mi plan sólo incluía los puntos de partida y llegada, y las fechas en que iniciaría y terminaría la experiencia. Al iniciar sentí ansiedad e intenté calmarla estructurando una ruta óptima de viaje,  mientras repetía mentalmente “es solo una guía, no debo ceñirme a ella”. No era fácil pensar en que no tenía reservas de hotel, ni horarios, sabía poco acerca de los destinos y que lo único que me acompañaba era mi backpack y unos cuantos dólares. Al final, me dejé llevar por la situación y poco a poco me fue invadiendo una extraña sensación que no era muy familiar; paz y tranquilidad.

Prescindir de horarios y/o esquemas me hacía  libre. No importaba lo que pasaría en un año, ni el próximo día, incluso, no importaba lo que pasaría el siguiente segundo, lo único importante, era lo que quisiera hacer en ese preciso instante.  Fue una experiencia increíble. Pagué habitaciones costosas, compartí cuarto con extraños, dormí en la calle, conocí gente en cada lugar, perdí algunos buses, en conclusión, fue una montaña rusa de experiencias inolvidables.

Lo que para muchos puede parecer una locura, para mí fue una experiencia transformadora y a pesar de que no pretendo jactarme de ser un hombre 100% transformado, les digo con toda tranquilidad, que hoy no soy el mimo de ayer. Fue hostil el sendero que recorrí para entender que estaba dejando de disfrutar mi presente, por tener mi mente en el futuro y que la única forma de controlar mi destino está en el presente, pero valió la pena. No es que ya no haga planes para mi vida, si no que ya no dejo que me gobiernen y me permito disfrutar del aquí y el ahora. Pero ¿qué hay de ti? ¿Puedes identificar los hábitos que no te permiten llegar a dónde quieres? ¿Qué juicios, temores o creencias están condicionando tus acciones? Tu transformación depende de lo que estés dispuesto a hacer ya, no esperes al 2019 para empezar.

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