Ordem e progresso

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

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El ambiente que reinó durante el pasado proceso electoral brasileño fue el de la incertidumbre generalizada, que después de conocerse los resultados, no se ha superado, a pesar de lo previsible de los mismos, y que dieron como ganador al capitán (r] del ejercito Jair Bolsonaro, un antiguo militante del Partido Social Liberal (PSL), de ultraderecha, dueño de un discurso truculento y fundamentalista religioso, a ultranza. Se quiso explicar su triunfo, con inéditas teorías que comprendían desde la del “dumping geopolítico”, o disminución artificial del precio del petróleo, al que atribuían la erosión de las economías regionales, y por ende, haber fortalecido a la derecha continental y orbital, hasta la del “odio de las élites contra la izquierda”, cuando lo que predominó fue la respuesta contundente contra la corrupción predominante en los 14 años que gobernó el socialista Partido de los Trabajadores (PT), víctima de su propio invento, en la medida en que fue uno de sus principales correligionarios, el que llevó a Lula y a Rousseff, ante los tribunales a rendir cuentas por los negociados investigados por la Operación Lava Jato, -

gigantesco desvío de dineros en la petrolera estatal Petrobras-, y por el mensaläo, o pago de propinas a congresistas, a cambio de apoyo a proyectos del gobierno.
Insuficiente resultó ser el poderoso movimiento Ele Näo, (El No) de millones de brasileros, especialmente mujeres, que se opuso a las ideas, del candidato triunfador. La victoria del voto protesta, parece haber predominado ante el movimiento pendular de las ideologías políticas en el mundo y particularmente en la región, vistos los recientes casos de Colombia, Argentina, Ecuador y Chile. Lección ojala aprendida, de cómo los pueblos cobran los graves pecados a sus dirigentes, tarde o temprano.

Queda pendiente el futuro del coloso latinoamericano, que como elefante blanco en su letargo, no obstante, ha dado muestras de la estabilidad institucional y de independencia entre sus poderes. Y también, en ascuas, una difícil tarea de su Presidente electo de ajustarse a dicha condición, abandonando el peligroso populismo de extrema derecha de su campaña.

Espera al Presidente Bolsonaro un escenario de desesperanza y hastío, como lo delata el alto porcentaje de abstencionistas y de ciudadanos que votaron en blanco, casi un 30 %, es decir, un poco más de 30 millones, y una atípica composición de fuerzas legislativas, como no se había visto, en la medida que la Cámara de Diputados se renovó en un 47.3%, equivalente a 245 dignatarios, el más alto índice en dos décadas, al igual que en el Senado, que renovó 54 escaños, porque como lo dijo un influyente analista, “una alta tasa de renovación no garantiza un Congreso mejor”.

Ya habrá tiempo para comentar los desafíos de política interna que afrontará el nuevo mandatario, que se identifican con el tema del déficit fiscal, jubilación y seguridad ciudadana, y en el escenario internacional, con la situación de Venezuela que se anticipa dramática, - más de lo que ya lo es -, por los anuncios que hizo durante la campaña, y paralelamente, el trato que dará a la inversión extranjeras, en medio del paquete de privatizaciones que se espera.

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