La escasez de agua, acosa la estabilidad del wayuu

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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

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Desde tiempos inmemoriales los indígenas wayú, hemos vivido en intimidad con la deshidratación crónica, por tal razón, consideramos que la llovizna es un fenómeno inexplicable, la lluvia un grandioso milagro y los huracanes a pesar de su figura catastrófica, podría considerarse como una “bendición”, pues la tierra se encuentra tan sedienta que se traga cualquier cantidad de aguaceros que se presenten.

  Las escasas precipitaciones se tornan insuficientes para asegurar el desarrollo normal de la vegetación y el consumo humano, el líquido es tan esquivo que para adquirirlo se debe excavar pozos que alcanzan profundidades de veinte metros, su consumo se efectúa  de manera austera y rígida y se conserva en toneles y barriles como almacenan los europeos al vino. La vegetación debe luchar excesivamente contra la sequía y las elevadas temperaturas, los animales se ven obligados a defenderse por igual debido  a la inclemencia de la naturaleza por la falta de agua, la flora que aún sobrevive debe aceptar suelos pobres en humus y por ello se encuentran especies xerófilas en sentido amplio. 

Al Estado le consta y sabe por qué le consta, el momento lánguido en que hoy padece este departamento y digo que no lo ignora porque en días pasados La Corte Suprema de Justicia exigió al gobierno que se ponga en marcha un plan “eficaz que dé solución integral y definitiva a las dificultades de desnutrición, salud y falta de acceso al agua potable y salubre” que sufre la población indígena wayú. 

Preocupado por la escasez de agua, en el año 1988 siendo diputado del departamento, presenté un Proyecto de Ordenanza, en cuyo Exposición de Motivos, recalqué la urgente necesidad de llevar acabo  varios molinos en la zona guajira lejos de la ribera de los ríos, lo  enfoqué de esta manera porque el único municipio guajiro que carece de rio, es Uribia, de manera que si se llegare a la ejecución esta Ordenanza, sólo podía ser beneficiado este municipio.  La ordenanza apareció en la gaceta departamental y después de treinta años no se ha ejecutado, de manera que es fácil comprender que no sólo el Estado colombiano ha hecho caso omiso a las ejecuciones que pudieran mitigar el acoso que la naturaleza implanta y azota a los wayuu, también el gobierno departamental se suma a esta indominía.

En ese año la “bendición” no se tornó muy honrada, pues el huracán Joan se hizo presente en la región llenando jagüeyes, pozos, cacimbas, las rozas se llenaron de cultivos, a pesar de los daños que este fenómeno causó en el alta guajira, más fue el beneficio que prestó, que el perjuicio que pudo haber ocasionado.

 Históricamente hemos sido olvidados por el Estado colombiano; al escribir estos renglones, no es someterlo a capricho, el Departamento Nacional de Planeación ha revelado que el 55.8% de sus habitantes viven en la pobreza y  el 25.7% viven en condiciones de extrema inopia y el 11,7% de la población sufre de desnutrición crónica. El Instituto Nacional de Salud (INS) manifestó que más de 100 niños han muerto por desnutrición, además asegura que desde el primero de enero al 19 de marzo se registraron 46 muertes asociadas a esta causa en menores de cinco años.

La escasez de agua y de alimentos se ha ido multiplicado, así como también las muertes este año como consecuencia de enfermedades derivadas de la sequía, como la diarrea; y las tasas de malnutrición han aumentado de una forma alarmante hasta cotas nunca vistas,

La Guajira necesita soluciones de fondo y estructurales y no promesas que mueren al nacer, sino no se llega  a tomar medidas bien cimentadas para superar la sequía y la hambruna, dentro de poco, no veremos indígenas sobre caballos ni burros, ni ganados recorriendo las pampas de nuestra guajira, ojalá a la salubridad  de los niños, podamos decirle Amén.

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