Los acuerdos de paz caminan sobre patas de paloma

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

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Casi un quinquenio de conversaciones en La Habana, muchos colombianos estábamos convencido  que se había sellado cincuenta años de lucha por la paz,

pero la reciente captura de Jesús Santrich, o Seusis Pausías Hernández Solarte y  las palabras “el acuerdo de paz, se lo llevó el diablo” de Iván Márquez,  podemos enterarnos que lo pactado en Cuba no se encuentra aún brindada ni muy bien  cimentada, que en cualquier momento los “ex subversivos” podrán hacer uso de las armas que jamás entregaron, de manera que aquella estructura de la cual creíamos consumada con suficiente solidez, con gran fortaleza y acorazada de seguridad, ya nos hemos dado cuenta,  que en isla sólo se firmó un raquítico acuerdo que hoy camina sobre patas de paloma. 

  Nunca podrá ser bien fundada ni duradera la paz, mientras se realice con seres que por década sólo han desestabilizado la vida social de los colombianos, engendrado trastornos al país y aún no han descansado en dejar a Colombia en el más alto grado de postración y aniquilación. Estos insurgentes deshumanizados aún se encuentran inconformes a pesar de haberle cambiado las penas por prebendas y haberles enriquecidos con grandes tributos y formidables prerrogativas, sin embargo, el peligro no ha desaparecido y la paz sigue sin mostrar lucidez, una excesiva confianza podría ser torpe y suicida.

 La conducta asumida por Santrich, unos de los grandes cabecillas de este nuevo partido político ha quebrantado la solemne promesa pactada con el Estado y se ha demostrado que sigue siendo imposible declarar restablecido el orden público, lejos de hallarse restablecido se halla aun hondamente perturbado, prueba de ello es la situación que se presenta en la zona del Catatumbo, donde dos grupos subversivos se pelean la zona para no dividirse las fechorías que  han de cometer.  

  No se puede negar que la situación actual del país se encuentra en la más alarmante gravedad y ha llegado el momento en que el gobierno adopte medidas supremas de las cuales penden la suerte de las instituciones y el porvenir de la República. Nuevamente estamos viendo cerca de nosotros  las bombas quiebra patas, las extorsiones, los secuestros, las vacunas, la destrucción de torres eléctricas, la pérdida de los puentes, el ataque a los peajes, el asesinato en masas, el asalto a las poblaciones, predios, haciendas, carreteras o vías públicas causando muertes, incendios o daños a bienes y delitos contra la seguridad colectiva y mediante amenazas se apoderan de semovientes, cada día la delincuencia se muestra más creciente, la extrema subversiva no se detiene y avanza en su empeño y continúa en un persistente ultraje contra el pueblo. Los colombianos debemos prepararnos siempre para lo peor, pues, la verdadera paz que desean los subversivos es la que vemos en los sepulcros y en los cuerpos insepultos de más de mil colombianos a causa de sus barbaries.     

   Pretender que al levantar las conversaciones en la Habana es establecer el orden social, es llegar a una absoluta normalidad, cuando aún todo está desquiciado y confundido, cuando todo tiembla ante la perspectiva  de una nueva e inminente catástrofe, cuando muchos colombianos comprendemos, que los acuerdos firmados en Cuba, es contraria a la razón y a la justicia.

El país ecuatoriano ya dejó de ser galante en las conversaciones de paz con el ELN, probablemente están convencidos que la autoridad en Colombia no opera, que es lenta paquidérmica, enclenque y débil, seguramente la notan tan deformada que les parece significar cosa diferente y tal vez le atribuyen un significado antagónico a la suya propia. No tiene nada de raro que nuestros vecinos sureños les parezca que la autoridad en Colombia ha perdido su majestad, su presencia, su alta dimensión jerárquica y tal vez se encuentran lleno de razones, porque a la vista de todo el mundo, la delincuencia en este país jamás ha sido decreciente.

Yo, opino desde la cocina, como dice el refrán popular, que Santirch debido a su ceguera no es capaz de ver ni por su familia, mucho menos sería competente para ver por la paz nacional.

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