Venenos y envenenadores

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Dramático resultó el episodio ocurrido la pasada semana en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia: condenado como criminal de guerra, el exgeneral Slobodan Praljak ingiere cianuro a la vista de todos mientras se declara inocente, muriendo en el acto. Las cámaras captan el aterrador momento, apartan los lentes y enfocan al confundido juez, quien suspende una audiencia que jamás continuará. El caso rememora el suicidio de varios jerarcas nazis durante el Juicio de Núremberg para evitar veredictos severos y condenas eternas; el cianuro y otras formas de autoeliminación garantizaron su fallecimiento.

El veneno se usa desde épocas inmemoriales con fines variados, desde la cacería hasta la medicina. En la antigüedad, comidas y bebidas emponzoñadas se usaban para asesinar. Plinio el Joven describe más de 7000 venenos de toda especie y origen. India y Egipto conocen tantas sustancias y métodos como los romanos; Tito Livio dijo que el veneno preferido de Nerón era el cianuro. La Edad Media fue época fértil para alquimistas y boticarios, quienes sofisticaron métodos criminales. Magia y brujería iban de la mano de las evoluciones químicas; los árabes desarrollaron un arsénico transparente, insípido e inodoro que impedía detectarlo. Velas, plumas y tintas envenenadas liquidaron a escribanos nocturnos. Al mismo tiempo, se buscaban antídotos, como lo describe “El libro de los Venenos”, escrito por Magister Santes de Ardoynis en el siglo XV.

En el Renacimiento, se produjeron brebajes más potentes que fueron preferidos por los asesinos de entonces. Se decía que una invitación de los Borgia a cenar era la antesala de la muerte: Apollinaire afirmaba que la familia papal combinaba arsénico y fósforo, y que conocían los antídotos para todos los venenos. Venecia y Roma tenían escuelas destinadas a enseñar el peligroso tema. El Consejo de los Diez fue un gremio de envenenadores que trabajaban por contrato, asesinando con sustancias indetectables. La obra “Neopoliani Magioe Naturalis”, siglo XVI, recopiló el arte del envenenamiento. Francia tuvo una época de auge de criminales atosigadores; Luis XIV intentó controlar a esos verdugos. Las confesiones de homicidio en sacramento impulsaron a los clérigos a informar de ello al Rey, quien organizó un tribunal especializado, la Cámara Ardiente, buscando controlar los envenenamientos. España intenta liquidar a su enemiga Isabel I de Inglaterra con el médico judío Rodrigo López; desde entonces, toda la comida de la Reina debía ser probada. María Luisa de Orleans, esposa de Carlos II, sufrió la muerte por envenenamiento.

Juan de la Cosa, el conquistador español, murió flechado por los indígenas en Turbaco; el veneno fue el curare, una combinación de muchos tóxicos basada en una planta a la que se le agregan letales sustancias vegetales y animales. De allí surgen los primeros relajantes musculares usados en anestesia. Varias sustancias peligrosas de los antiguos, hoy transformadas científicamente en compuestos bastante seguros, han tenido extensa aplicación en medicina: opiáceos, escopolamina, mandrágora o cocaína, entre muchas otras. Pero también, se utilizan criminalmente. Es tan complejo el tema que originó una especialidad que estudia el comportamiento de estos compuestos, sus manifestaciones, efectos y sus antídotos; la toxicología. “Todo es veneno, nada es veneno. Todo depende de la dosis”, dijo Paracelso, médico, alquimista y astrólogo suizo.
El arma del cobarde acabó con la vida de disímiles personajes: Claudio y su hijo Británico, José Fernando de Baviera, Mozart, Napoleón, Carlos VI de Austria, Pablo Neruda y Marylin Monroe. Son famosos los obligados suicidios de Sócrates y Séneca con cicuta. Escalofriante fue la inmolación colectiva en Johnestown, Guyana: 918 personas murieron por ingesta de cianuro en 1978. Hace ocho años, en Lourdes (Santander), se registró la muerte de 5 ancianos por consumo de pan envenenado con raticida.

Ingerimos tóxicos mortales: mercurio en el pescado, herbicidas en alimentos vegetales, benzoato, glutamato, canola, nitratos y nitritos, ácidos grados trans, saborizantes y colorantes artificiales, edulcorantes y azúcar; toda una gama de productos industriales responsables de numerosas enfermedades, además de la exposición al asbesto, plomo y otros metales capaces de afectar nuestra salud. Hace diez años, la empresa Mattel tuvo que destruir 160.000 juguetes contaminados con plomo. En Colombia, se aprueban muchas sustancias prohibidas en otras latitudes. ¿Por qué lo permiten las autoridades, por qué lo aceptamos los ciudadanos? Para no hablar del veneno del odio y la intolerancia con los que nos intoxican algunos políticos colombianos.
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