SOS por Mata de Caña

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com

“Aquella tarde calurosa -enciende la mecha el bloguero Ubaldo Elles- en la emblemática Plaza de Majagual en Sincelejo, la historia de la música del Caribe se partió en dos, al dar inicio a la fiesta más grande del porro colombiano, rindiendo homenaje a los grandes intérpretes de las sabanas”.

¡Qué belleza, carajo! Ocurrió hace cincuenta años, si no más. Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Andrés Landeros, Rubén Darío Salcedo, Alfredo Gutiérrez, Memo Morales y Cheo García haciéndole la corte a los Corraleros de Majagual, Pello Torres, Pedro Laza, Pablo Flores y el gran Calixto Ochoa, que lanzaría en ese fantástico encuentro “Mata de Caña, un viejo porro que tiene todo el sabor costeño”. 

“En un rinconcito de nuestra costa hay un caserío, es Mata de Caña, que queda allá a la orilla del río…”, dice la canción que compuso este grande a su paso por tierras de El Banco, para que con apenas pasar la vista por las letras que la describen con maestría, la tarareemos y la cantemos, poniéndole la entonación y el ritmo que él le imprimió. Es bastante pegajosa.

Hace más de cincuenta años Mata de Caña era otro caserío muy distinto al que es hoy. Ni siquiera se divisaba el cauce del río desde la carretera. Únicamente potreros y reses pastando. Pero, la fuerza del hambre y la violencia lo cambiaron. Trajeron  a los inmigrantes. Algunos sin tradición anfibia ni respeto ni conocimiento de los prodigios de la naturaleza. Campesinos nacidos en otros entornos, menos acuosos, venidos tal vez de los Santanderes, Antioquia, Cundinamarca y Boyacá, que se fueron ubicando, como pudieron, a la orilla del afluente más caudaloso de Colombia, el Magdalena. Detrás de comida y de una salida fácil, rápida y barata de sus escasos productos agrícolas.

Llueve copiosamente en todo el país. Desde Leticia hasta en La Guajira. De occidente a oriente. El 80% de esas aguas vierten sobre el majestuoso río, que afanosamente busca dónde descargarlas, no puede con ellas, le pesan, porque una vez y por siempre indolentes deforestamos sus riberas; secamos lagos, lagunas y humedales de sus rondas de protección; le arrojamos basuras, desechos orgánicos y escombros que se sedimentaron; lo maltratamos hasta convertirlo en nuestro más feroz enemigo, que a ratos se emputa, se crece y se desborda para devorar poblaciones, inundarlas, erosionarlas, arrasar cultivos, animales, casas y lo que encuentre a su paso.        

Las notas que “todos sentimos, que son alegría de nuestro folclor, la melodía de este bello porro” ya no se escuchan “con toda el alma y el corazón”, se oye apenas el clamor lejano del alcalde Víctor Rangel, reclamando la intervención del Estado que es él, más obras de infraestructura, muros de contención, canalizaciones y terraplenes a tutiplén. Le pide a Corpamag, a Cormagdalena, a la Oficina de Gestión de Riesgos, a la Defensa Civil, a los bomberos, a la Policía, a los labriegos y a las amas de casa que no lo abandonen, que está trabajando con las uñas y se encomienda a Dios para que las aguas bajen y las familias regresen pronto a sus hogares. Que la culpa es ahora de “Cancharazo”, así se llama, como el cerro más alto de Yolombó en Antioquia, el barco que destruyó el jarillón que provocó la inundación y sacó de sus casas a 400 familias de Mata de Caña. 

El Banco está haciendo agua, señor alcalde, también en los corregimientos de Belén, San Felipe, Los Negritos, El Trébol y en los barrios La Playa, La Candelaria, Santa Rosa, 10 de Julio, 20 de Enero, Santander y 12 de Octubre del casco urbano, colapsó el comercio y las campanas de la catedral repican incansables anunciando que el río ya se metió.

 

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