De la democracia a la cleptocracia

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Me acabo de enterar que unas buenas porras hubieran evitado el hundimiento del Titanic.


El presidente Santos se queja del pesimismo de los colombianos, que según él es injustificado; le ha pedido a los industriales y a los medios de comunicación que se pongan la camiseta de porristas. La esperanza es que a fuerza de tanto repetir que las cosas van bien, la gente comience a creerlo. ¿Es el pesimismo justificado? ¿Culpa toda de Santos?

Los alfiles del gobierno han salido a mostrar las cifras que justifican el optimismo. Sin embargo, es evidente que hay una desconexión entre las estadísticas oficiales y lo que siente la gente en la calle. No todo es culpa de Santos, como dicen sus malquerientes. Sin importar quién hubiera sido el presidente, la debacle de las materias primas iba a golpear duro al país. Especialmente por la enorme dependencia del petróleo y de los hidrocarburos, política que viene desde antes de Santos.

Considero que el pesimismo es el resultado de expectativas frustradas. Cuando terminó el gobierno Uribe, gracias al sector minero-energético y a que se habían recuperado espacios productivos antes secuestrados por la guerrilla, se sentía que el país iba bien, y la gente esperaba que siguiera mejorando. Incluso, el mismo Santos al momento de pensar en negociar con las Farc, hizo cuentas de que las arcas estarían llenas y permitirían financiar el postconflicto. No fue así. Entonces, en un país, cuya economía se frena en seco, el costo de la “paz” comienza a generar malestar. Entre otras cosas porque la estrategia de Seguridad Democrática había hecho que la violencia política armada volviera a ser un fenómeno rural; guerra que para la Colombia urbana era lejana en recursos y pérdida de vidas humanas.

La realidad de la negociación de La Habana acercó la guerra a la Colombia urbana, que se vio obligada a participar en un tema que ya había dividido a la sociedad por el giro radical en la lucha contra la guerrilla; la división se radicalizó. Muchos no entendieron por qué si nos estaba yendo tan bien en la guerra, el gobierno se sentó a negociar algo distinto a la rendición del vencido. Las concesiones hechas a las Farc han generado rechazo en la mitad de la población políticamente activa, sobre todo la de la ciudad, que no pone los muertos.

El país tenía grandes expectativas sobre los potenciales logros de las practicas del buen gobierno; expectativas generadas por el supuesto advenimiento del gobierno de los tecnócratas y la meritocracia. Se esperaba que Santos acabara con la corrupción y gobernara eficientemente. Nada de esto sucedió. Uribe, quien es mejor comunicador que todos los miembros del gobierno Santos juntos, lo graduó de derrochón, y cuando Echeverry le dio el papayaso de mencionar la mermelada, Uribe la uso hábilmente como un bumerán y la convirtió en sinónimo de corrupción. Para colmo, los escándalos conocidos le dan mérito a la acusación.

Por otro lado, en un país que ha descentralizado muchas funciones, el desempeño de los alcaldes influye grandemente en la percepción país. Aunque la tasa de homicidios ha alcanzado su nivel más bajo en décadas, la inseguridad en las calles desbordó a las autoridades. La extorsión se ha convertido en un dolor de cabeza, y esto sumado al número elevado de robos y atracos genera zozobra en las ciudades. Los ciudadanos se sienten inseguros. Para rematar, el golpe dado a la capacidad adquisitiva de la gente rebosó la copa del pesimismo. Produjo rechazo que mientras el salario mínimo solo subió 7%, el IVA subió escandalosamente. Ni que decir que los gobiernos locales hacen lo propio, y entonces ajustan avalúo catastral y cosas por el estilo. El ciudadano se siente asfixiado y empobrecido por un estado alcabalero. De los pequeños empresarios ni hablemos para no romper en llanto, y todavía el gobierno se pregunta por qué tantos negocios optan por la informalidad; es que tener de socio un estado rapaz hace inviable cualquier empresa.

Pero quizás la razón principal del pesimismo, es el estilo de liderazgo de Santos. Cuando se está frente a una crisis, real o percibida, se necesita un líder fuerte y visible que muestre que tiene controlada la situación. Santos no cree que haya crisis y gobierna de conformidad con ese pensamiento. La mayoría del país piensa diferente, y entonces Santos es percibido como un gobernante débil e inepto. El problema no es la tormenta por grande que sea; el problema es que pocos creen en el capitán y dudan que sus destrezas puedan llevarnos a puerto seguro... y esto no se arregla con porras.

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