Escribir o no escribir

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: [email protected]

Hace poco tuve una dura pero cordial discusión con alguien a quien aprecio, porque me insistía que si quería ser la directora de un centro de pensamiento, Cisoe, no podía estar escribiendo columnas de opinión y menos intervenir en la política local. Me produjo shock su comentario amable pero duro. Inmediatamente me vino a la cabeza una anécdota de uno de mis nietos, Joaquín, de 8 años, quien frente a una pilatuna le contestó a la mamá: "mi problema es que tengo dos conciencias, una buena y una mala. La buena me dice que te diga la verdad pero la mala me dice que te diga mentiras". Pues bien, yo también tengo dos conciencias: una de tecnócrata y otra de política. La primera me sugiere que me quede en las frías cifras y la otra que participe en el debate público, que incida responsablemente en la sociedad.

Me llegó al alma esta discusión porque acabo de terminar un trabajo sobre tres países de América Latina en donde encontré que en esta región es muy frecuente que el conocimiento se encuentre distante del poder político. Y las consecuencias son funestas para los países. Se requieren tecnócratas que tengan sensibilidad social, y políticos con el suficiente conocimiento o por lo menos, con respeto hacia éste. Cuando esto sucede se dan décadas de progreso como sucedió en Chile con la Concertación y cuando no, se avanza poco como en México, y de alguna manera en Colombia aunque en forma diferente. En México, una academia de excelente nivel, tiene su propia carrera pero alergia a la política, no sin sobradas razones. Son mundos distintos aunque a veces coincidan en el gobierno y existe la carrera académica, valorada internacionalmente y bien remunerada. En Colombia el problema es distinto; no hay realmente una carrera académica y llega un momento en que hay que pasar al gobierno, pero máximo se llega a un Ministerio. Hasta ahora, ningún tecnócrata puro ha podido ser Presidente y menos Presidenta. En síntesis, lo generalizado es una buena tecnocracia que da consejos pero no tiene verdadero poder.

A estas alturas de mi desasosiego, recordé una extraña invitación del Banco Mundial a un seminario en Washington. Cuando pregunté yo que hacía allí, me contestaron que la razón de mi escogencia era porque yo representaba algo raro en América Latina: una extraña combinación de tecnócrata y política. Además, también vinieron a mi memoria unas palabras de Miguel Urrutia en un Consejo de Ministros. Me dijo que yo era la más política de los tecnócratas del país. Así se me aclaró el panorama: escribir o no escribir es para mí el equivalente a ser o no ser. Mi conciencia de tecnócrata me lleva a dedicarme con pasión a estudiar y a ser consistente en mis planteamientos, pero mi conciencia como política me impide quedarme callada cuando creo que puedo contribuir al debate nacional, y por consiguiente al de mi región. No me queda duda ya, seguiré escribiendo e investigando. No me callaré cuando tenga algo que decir.

Le conté esto a mi hija y le dije que si había otra vida, yo quería ser un gato al que todos consienten. Me corrigió: "como lo que tú quieres es tener amigos es mejor ser un perro pechichón, y de paso, por primera vez en tu vida podrías ser el mejor amigo de algún hombre". Solté la carcajada y quedé feliz. ¡Mi hija me interpreta perfectamente!

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