¿Podremos ser un país normal?

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

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Lo que está en juego realmente es que Colombia por fin pueda llegar a ser "un país normal" porque así no se quiera aceptar, vivir en medio de toda clase de confrontaciones no es lo que enfrentan muchas sociedades que no sufren diariamente los costos de una guerra. Pero como de lo que se trata es de aterrizar los momentos que vivimos, cuando la oposición al plebiscito ganó,es hora de entender muy bien qué significa precisamente la posibilidad nueva para Colombia, acabar con uno de sus conflictos a través de su historia.


Pues bien, un país normal no es ni mucho menos un paraíso terrenal. En mayor o menor grado, de acuerdo con el nivel de desarrollo alcanzado, estas sociedades viven inseguridad ciudadana; tienen distintos grados de corrupción; existen desigualdades sociales y económicas; no siempre logran niveles aceptables de crecimiento económico, de manejo adecuado de su riqueza ambiental; su justicia tampoco es siempre perfecta y capacidad de resolución de problemas es siempre la mejor. Pero la diferencia fundamental con aquellos países que tienen que cargar con algún tipo de conflicto interno o externo, es que puede dedicar todo su interés, todos sus recursos, todo su compromiso, a resolver estos problemas internos que son serios y que afectan el diario vivir y el futuro de sus ciudadanos.

Estas consideraciones son especialmente oportunas en estos momentos que vive la sociedad colombiana. No es el tiempo de sentarse a esperar que por inercia todos nuestros inmensos problemas, que en vez de resolver hemos acumulado por décadas si no por siglos, se resuelvan como por arte de magia. Por el contrario, pocas veces nuestras generaciones actuales se habían enfrentado a tan inmensos e innumerables retos. Y empecemos por el más importante: nuestra vergonzosa desigualdad que tienen múltiples caras e incontables injusticias.

Como se trata de decirnos la verdad, lo cierto es que muchas de las desigualdades son ocasionadas por decisiones públicas sin duda, pero muchas otras nacen en nuestros hogares, en nuestras mismas acciones y en las empresas del país. Casi con certeza se podría afirmar que somos una sociedad evasora, no solo de impuestos sino de responsabilidades, entre otras, de cumplir la ley. Claro que es falla del Estado que esto suceda, pero nosotros como individuos tenemos que acostumbrarnos a cumplir la ley y en especial aquella que afecta a las personas que nos rodean. Si de verdad queremos ser un país normal que resuelve sus problemas es hora de que cada uno de nosotros contribuya a hacer de Colombia una sociedad más justa, sin sectores que presumen de superioridad basada en el poder o en el dinero. Qué maravilla que ni los que tiene altas responsabilidades públicas o mucho dinero que cuidar, no necesiten ejércitos de guardaespaldas y seis camionetas blindadas para andar por la ciudad o por este país. Solo cuando los sectores que se han mantenido al margen del desarrollo sientan que existe solidaridad por parte de todos, que los méritos personales empiezan a sustituir las palancas para ascender económica y socialmente, la seguridad ciudadana mejorará, entre otras, porque cuando se paguen los impuestos que toca, se podrá financiar mejor la respuesta pública a esta demanda de la ciudadanía.

Con los resultados del domingo que muestra una sociedad colombiana profundamente dividida casi por partes iguales, no podemos enterrar la posibilidad de ser un país normal. La sensatez, la necesidad de no acabar con la oportunidad de paz con las Farc, el no triunfalismo del No, y sobre todo, la madurez de los líderes de este país, son la esencia para que no perdamos la fe y más pronto que tarde lleguemos a ser un país normal.

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