Diana Turbay Quintero

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Gustavo Hernández López

Gustavo Hernández López

Columna: Opinión

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Se cumplieron cinco lustros de la desaparición de una mujer singularmente importante y querida por todos los colombianos y desde luego por sus amigos, entre los cuales me incluyo. No dejaremos de recordarla como un ejemplo del ser humano bondadoso, con espíritu de servicio, con sencillez sin par y con fervoroso amor por Colombia.

 

Era ella y desde niña lo fue,  la persona que se preocupaba por los demás, de enorme sensibilidad social. Justipreciaba la amistad en su sentido más noble. Vivía pendiente hasta de los más pequeños detalles. Pero todo lo hacía de la manera más  espontánea y cariñosa. Tuvimos momentos, historias y anécdotas en el curso de nuestra estrecha relación, las cuales se grabaron en lo más hondo de nuestros corazones.

Todo ello dada  su intensidad humana,  su excelso compañerismo,  su sentido de la colaboración,  su compromiso en todas las situaciones, su manifiesta integridad y su atrayente personalidad y manera positiva de ver la vida. En el ejercicio de la cosa pública, al lado de su Padre el Presidente Julio César Turbay, pudo manejar cuestiones de envergadura y de particular significación. Callada, sin alardes, sin publicidad, realizó una impecable y acertada asesoría a quién creía en ella y era para él su adoración.

Indudablemente su aporte tuvo su propio peso específico y muchas cosas buenas en el gobierno de Turbay tuvieron que ver con Diana. De las decisiones atinadas del Presidente Turbay fue aquella de haberla nombrado como su Secretaria Privada.

En el periodismo brilló porque gozaba con todo lo que hacía en ese campo. Le daba un dinamismo y un criterio muy personal a esa actividad y estaba magníficamente bien informada del acontecer nacional e internacional. Ahondaba en la noticia y por ende investigaba y procuraba que la misma fuese lo más auténtica y veraz.

Sus chivas fueron de grueso calibre y tal cual como las presentaba  eran la pura y neta verdad. Otra de sus  virtudes dignas de resaltar, es aquella relacionada con la lealtad. Era leal con sus Padres, con sus hermanos, con sus familiares, con sus amigos, con su Partido Liberal pero sobretodo  con su Patria. Quizás este último legado lo recibió de su Padre que ante todo y sobretodo fue un Patriota.

La conducta de su Padre durante el cautiverio de Diana es parecida a la que tuvo el General Moscardó con su hijo en la Guerra Civil española. El Jefe de las Milicias Cándido Cabello  le dijo al General Moscardó: "le doy un plazo de 10 minutos para que rinda el Alcázar y de no hacerlo, fusilaré a su hijo Luis que lo tengo aquí a mi lado" Pasa Luis y le manifiesta a su Padre: "Me dicen que me van a fusilar si el Alcázar no se rinde, pero no te preocupes por mí". El general Moscardó  le contesta: "si es cierto, encomienda tu alma a Dios, da un viva a España y serás un héroe que muere por ella. Adiós hijo mío, un beso muy fuerte".

Pasa nuevamente Cabello y el General Moscardó le expresa: "puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, el Alcázar no se rendirá jamás". Con el dolor en el alma, las declaraciones de Turbay Ayala a propósito del secuestro de su hija se caracterizaron por su firmeza, contundencia y claridad en cuanto que nunca se cedería a las pretensiones de sus captores, toda vez que deberá prevalecer la institucionalidad. Su Madre Nydia amorosa por naturaleza, con un sentimiento desgarrador tan pronto como se produjo el trágico y mortal operativo policivo hacía ver que había sido desatinado y precipitado el fallido rescate de Diana.

Luego después de 20 años puso de relieve el hecho de que a pesar de la muerte de Diana, a los secuestrados la fuerza pública está en la obligación de liberarlos. Estas son las últimas palabras escritas por Diana en su cautiverio: "Papito sé que tú siempre has estado acompañado por Dios y eso me ayuda y me da fortaleza. A ti, a mi Madre y a todos los extraño mucho. A mis hijos les envío todo mi amor".

En este escrito refleja su reciedumbre moral, su estado de ánimo, su fe en Dios y su pensamiento y conexión  permanente con sus progenitores y sus  hijos.

Su presencia espiritual la sentimos quienes le profesábamos afecto y admiración. Su huella es perenne y trascendental.

Por: Gustavo Hernandez
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