Un acuerdo que parece una rendición para los colombianos

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Escrito por:

José Noriega

José Noriega

Columna: Opinión

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"Songo le dio a Borondongo; Borondongo le dio a Bernabé; Bernabé le pegó a  Muchilanga, le dio burundanga, les hinchan los pies" (Canción "Burundanga": intérprete: Celia Cruz)

 

Después de ese enternecedor apretón de manos entre el presidente y Timochenko, el pueblo ha observado una serie de inconsistencias, en ambas partes, hechos sobre los cuales cada quien dispara hacia cualquier lado, mientras los escépticos observan que ese cacareado manifiesto no es tal y, produce vergüenza ver cómo el enviado Humberto de la Calle manifiesta que al acuerdo le faltan algunas precisiones, ya que él mismo plasmó de su puño y letra algunas glosas que se irán escribiendo al paso del tiempo y es aquí en donde se pide se publique el mismo y de esa manera despejar las dudas.

Lo más cómico respecto de este apretón de manos ha corrido por cuenta del presidente Santos quien de manera irresponsable tuvo el atrevimiento de asegurar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que el próximo año regresaría con una Colombia en paz y se siente feliz porque la comunidad internacional lo apoya y cohonesta una expectativa como si ya estuviera ocurriendo, pero en la puerta del horno se puede quemar el pan, cabiendo preguntar de si realmente con la firma del acuerdo se obtendrá la paz, como si no existiera otra alternativa delincuencial,

Desde el 23 de septiembre y hasta el 23 de marzo de 2016 se ha estipulado el plazo necesario para que la patria se sacuda de la violencia y aparezca en el firmamento un manto de alta blancura que refrescaría y daría por terminada seis décadas de violencia fratricida: lejos de la verdad ante tanto exagerado optimismo y esto puede ser contraproducente y generar una mayor frustración a una sociedad que ya no sabe para dónde coger y quien observa que pareciera que al primer mandatario delos colombianos sólo lo trasnocha una posible nominación al premio Nobel dela Paz y lo demás es pura carreta.

No podemos perder de vista que en el eventual acuerdo de paz se puede dar por terminado el conflicto, pero en ningún momento eso sería el equivalente al logro de la paz, por cuanto quedarían allí incrustados en el ambiente las bandas criminales y algunos reductos del paramilitarismo que, apertrechados como insurgentes o delincuentes organizados, han logrado incursionar en el narcotráfico y de allí se desprenden esas jugosas ganancias sobre las cuales será muy difícil que ellos renuncien.

En medio del debate se escuchan voces discordantes frente a la posibilidad de que el acuerdo y negociación se dé en medio de un manto de impunidad, máximo cuando ahora se pregona que la cárcel no es la única forma de hacer justicia y que los máximos comandantes de la insurgencia podrán purgar su culpas en medio de determinados territorios en los cuales sufrirán restricciones a la libertad, mecanismo moderno de restauración para grandes exponentes dela violencia, mientras miles de compatriotas se convierten en muertos vivientes en  cementerios de los vivos y lo más degradante y vergonzoso es que juristas de alto turmequé diseñen mecanismos para ese tipo de personas, mientras política criminal estatal persigue con saña y de manera implacable a aquellos que, por necesidad, se roban una bolsa de leche o se convierten en mensajeros del narcomenudeo.

Sin embargo, y como para seguir en esta locura humana, la insurgencia, -y el gobierno ni sus enviados refutan-, espeta a gritos que ellos dejarán las armas y de acuerdo con le documento se empezará a hacer dos meses después de la firma, pero nadie dice que las entregarán y volvemos nuevamente a internarnos  en estas esquizofrénicas relaciones políticas en donde los unos imponen su criterio y los otros, -el estado en este caso-, se aculillan y acatan esas decisiones, dando a entender que es el estado el que está arriando las banderas y sucumbe derrotado ante la implacable dimensión malévola de ellos.

Todo lo anterior seda en medio de ese derroche de declaraciones de lado y lado  y muchos, sobre todo del lado del gobierno, parecieran dar por sentado que la paz ya se siente y respira y gritan a los cuatro vientos otras generosas ofertas para la insurgencia, al punto que hasta el mismo presidente les ofrece no extraditarlos a cambio de que firmen el acuerdo, recalando  nuevamente en que a él pareciera no importarle realmente la paz del pueblo, sino, -antes por el contrario-, pasar ala historia como el presidente que firmó el acuerdo con la guerrilla más antigua del planeta, sin importarle el ridículo que está haciendo y se muestra arrinconado y doblegado ante el enemigo. Esperemos que lo de la paz sea cierto y no otra frustración más. Amanecerá y veremos.

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