Una historia más

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

e-mail: [email protected]

La polarización actual del país, en torno al proceso de La Habana, parte, en cierto sentido, de las diferentes experiencias o relación que ha tenido cada colombiano con la violencia de las Farc. En algunas familias, esta violencia colombiana ha compenetrado tanto que tiende a definir claramente las orientaciones políticas.

No obstante, hoy la gran mayoría, tanto de la sociedad urbana (que representa 70% de la población total) como de la juventud no la han vivido en carne y hueso.

Por eso, parece importante de vez en cuando recordar cuales han sido las atrocidades perpetuadas por más de 50 años, a sabiendas que Santos hoy busca la idónea figura jurídica para que los cabecillas de las Farc, responsables de crímenes de lesa humanidad, no paguen cárcel, y así mismo accedan a firmar su acuerdo.

No hay mejor historia que la propia, así sea una más entre las muchas existentes. Aquí va una experiencia mía:

Por el lado de mi madre, vengo de una familia goda; mi abuelo materno fue un ginecólogo conservador de Corozal (Sucre). Sin embargo, nunca fue religioso, sino un científico ateo, hasta el día que las Farc lo secuestraron simplemente por ser un terrateniente.

Ante un inminente intento de rescate por parte del Ejército, en pleno Montes de María, los guerrilleros le pusieron el revólver en la nuca. Lo iban a matar. Pero desistieron: el Ejército estaba muy cerca, el ruido del disparo los ubicaría.

Decidieron, más bien, golpearlo fuertemente en la cabeza con la culata de una escopeta. Tras esto, lo sepultaron, escondiéndolo para que nadie lo fuera a encontrar. De milagro, a las pocas horas, mi abuelo logró desenterrarse, y vio parado al frente de él a un familiar que ya había fallecido años atrás. Un ángel según él.

Éste lo guío por un sendero hasta desaparecer. Mi abuelo bajó la montaña hasta toparse con un lugareño que caminaba por ahí. Por cosas de la vida, mi abuelo le había atendido -a cambio de nada- los tantos partos de su esposa. El campesino lo reconoció: "Doctor Olmos, Doctor Olmos, ¿qué le pasó? Súbase a mi mula, yo lo escondo".

Tras su secuestro nunca volvió a ser el mismo; no volvió a perderse una misa y jamás volvió a sonreír. Pocos años después le salió un tumor cerebral en el lugar donde lo habían golpeado. Al morirse, se supo que las Farc lo habían extorsionado y amenazado durante varios años, consiguiendo que les vendiera -a testaferros- todas sus pertenencias a módico precio. Su esposa, mi abuela, nunca supo vivir sin él, no aguantó la depresión, y se evaporó a fuego lento poco tiempo después.

Mi familia materna es apolítica, aunque naturalmente uribista; no gusta de Santos por obvias razones: convirtió en político y panelista de Caracol Radio al jefe del bloque Caribe y secuestrador de mi abuelo, Iván Márquez. Todo el mundo podrá firmar el acuerdo de La Habana, pero nadie podrá esconder lo que pasó -y sigue pasando- y quiénes fueron los culpables. Cada uno guardará en sí la potestad de perdonar o no en pro de la sociedad. Aunque, ¿cómo perdonar si no han pedido perdón? @QuinteroOlmos

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