La verdad es la primera víctima de la guerra

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jorge García Fontalvo

Jorge García Fontalvo

Columna: Opinión

e-mail: jgarciaf007@hotmail.com

Hace un par de días, mientras apreciaba una película que muestra la historia de la masacre realizada por el ejército ruso en la república de Georgia, en agosto de 2008, me encontré con una frase del dramaturgo griego Esquilo, la cual da nombre a este artículo. Inmediatamente recordé que existe un tipo de censura de la que poco se habla, pero es igual de peligrosa.

La censura no solo proviene de la violencia, o de parte de los gobiernos mediocres que intentan silenciar a sus detractores. En América Latina, en algunos casos, lo mismos medios ejercen control sobre la expresión de sus colaboradores.

Aunque parece ser una situación que no reviste trascendencia alguna, últimamente, la controversia ha resurgido debido a diversos factores que mantienen en vilo a más de un oportunista.

Durante siglos los gobiernos autoritarios, los partidos políticos dominantes, la iglesia, y las grandes corporaciones utilizaron con éxito diferentes estrategias para acallar las críticas de los opositores: apoderarse de la prensa imparcial, una de ellas.
Martha Amor Olaya, en una columna publicada el 17 de febrero de 2014 en el sitio http://www.eluniversal.com.co/opinion/ dice lo siguiente: "escribir es la forma más pacífica de lucha. Sin embargo, las cortinas de humo existen para que no veas más allá. Estamos llenos de ellas, los medios suelen ser cómplices, incluso artífices. Mucho del periodismo de hoy es una vergüenza".
Y prosigue citando el comentario hecho por un grupo de periodistas en el Hay Festival 2014: "La primera censura viene del editor en jefe, quien define lo que va según la línea editorial del medio. Medios en las manos de poderes políticos o económicos o de ambos, que "desinforman" al vaivén de sus intereses".

Para Amor Olaya el desprestigio de los medios es tal, que países como Colombia no necesitan censura estatal, porque ellos mismos se encargan de dirigir, conforme a sus intereses, la expresión ciudadana.

Somos esclavos de una sociedad maldita que se deleita con la ignorancia, y en la que los intereses de unos pocos superan a la mayoría. Es absurdo ver como ciertos medios se encarnizan con un sector de la población, o una persona en particular porque se manifiesta en contra de determinada condición. Pero, ¿por qué no lo hacen con la misma vehemencia cuando los dirigentes políticos cercanos a su nicho se ven involucrados en asuntos de corrupción?

Inobjetablemente la inmoralidad despunta por todos lados, no obstante, aún no se adoptan las medidas necesarias para detenerla. No existe imparcialidad ni decencia. Me pregunto insistente, ¿hacia dónde se mueven las personas que afrentan su profesión vendiéndoles el alma al diablo? No creo que en el camino correcto.

Es tan mezquina la actitud de aquel que mantiene sumido al pueblo en la ignorancia, como la del terrorista que atenta contra la vida de las personas, el médico que deja morir sus pacientes, el magistrado que viaja por el mundo con el dinero de los contribuyentes, o el maestro que establece diferencias entre sus estudiantes por causa de la clase social, la posición económica o la belleza. Todos somos culpables.

Los medios, igual que el Estado, la política, la religión y la economía deben estar al servicio de la gente, y no al servicio del gobernante de turno.

Da tristeza ver como se manipula la información, y es tal el descaro, que incluso los niños perciben la posición parcializada de algunos noticieros de televisión. Por ello, reniegan de la verdad. Prefieren jugar con su consola antes que leer la prensa. Infortunadamente tenemos que aceptar que estamos en tierra de ignorancia, y en ese terreno ningún núcleo humano decente puede sobresalir.

El pueblo tiene derecho a reclamar la justa verdad. No podemos vivir desinformados por causa de la acción inescrupulosa de la élite, pues ya, por más de 5000 mil años, los sacerdotes, reyes y nobles de la tierra la mantuvieron escondidas de las masas.
Pero, ¿qué se puede esperar de una dirigencia crónica que desea sostenerse en el poder a todo coste? Nada por supuesto. Para los malos gobernantes no es suficiente la censura que se blinda con normatividades amañadas y la violencia.

Ahora, una pregunta más, ¿Quién asume el costo de una sociedad ignorante? Incuestionablemente los que menos tienen, porque al final: "el pueblo y la verdad, son las primeras víctimas de la guerra".

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