Nariño tenía un sueño llamado Colombia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Manuel Vives Noguera

Manuel Vives Noguera

Columna: Opinión

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Hace 200 años Antonio Nariño tenía un sueño, su sueño se convirtió a la larga en lo que hoy el mundo conoce como Colombia, pero realmente soñaba con lo que tenemos o vivimos una versión disfrazada de hace 200 años.

La independencia de los actuales estados latinoamericanos y especialmente Colombia estuvieron influenciados por un movimiento que nació en Francia, en la declaración de los derechos del hombre y especialmente en el constitucionalismo, movimiento que dio lugar a la encarnación de la estructura del Estado, los derechos y las garantías.

Pero hace apenas unos días un campesino de la tercera edad recorrió largas distancias para hacer valer el sueño de Antonio Nariño, aquel que costó la sangre de oriundos de esta tierra y de extranjeros, pero ese sueño desapareció, aquel campesino no pudo pasar la segunda barrera, nadie lo atendió y el simple reclamo de algo que se llama más fuerte que la ley quedó como siempre en papel y tinta.

Cada día nos llenamos de empresas que pagan mal a sus empleados, el salario mínimo de mínimo no tiene nada y para nada alcanza y no hay esperanza de que se convierta siquiera en mínimo, eso y la esclavitud están realmente cerca teniendo en cuenta que ahora para ganar el salario mínimo debemos ser bachilleres y profesionales o por lo menos técnicos.

No es cierto que en Colombia existen criterios de selección objetivos, eso es una mentira, no sucede así en el sector público y aún menos en el privado. Las personas se mueren en las puertas de hospitales y clínicas porque nadie atiende a aquellos que no tienen dinero o no pagan el precio de la salud, convirtieron la salud en un negocio cual si el aire que respiramos tuviéremos que pagarlo o nos quitaren la posibilidad de respirarlo, la libertad, la igualdad, la vida, entre otros derechos siguen siendo el sueño de Nariño.

El hecho es que la Constitución se ha convertido en el espejismo que inventamos para dar un paso hacia el vacío en un mundo que exige el boleto de la democracia para pasar a la modernidad. Somos parte de un proceso económico de lucha por el acceso al poder público y quienes lo obtienen no retribuyen más que mostrar amplios barrancos que separan clases sociales, con prejuicios fijados por apellidos, cargos, actitudes e intolerancia, por lo cual es claro que nada ha cambiado.

Todavía vemos el dominio del extranjero en los directos mensajes que nos deja la propaganda telMEX (México), las empresas de servicios públicos (Principalmente España), seguridad (Principalmente Estados Unidos) e incluso en materia de justicia (Principalmente influenciados por Francia).

Es difícil pensar que no hay posibilidades, creo que sí las hay, mas no creo que sean igual para todos. Pero como lo he sabido siempre todo menos la muerte tiene una solución, estamos ad portas de que Colombia sufra cambios que decidirán un nuevo camino, hemos de entender que hay que caminar por sendas de educación y valores que han de construir un nuevo futuro, aquel con el que los próceres y antiguos padres de la patria soñaron.

La indiferencia ayer y hoy ha sido la base sobre la cual se ha soportado la desigualdad, hoy se manifiesta no en los cañones, sino en los tribunales que empiezan a cambiar el camino de Colombia y el sueño de la Constitución empieza a despertar, ya despertamos de la pesadilla del narcotráfico, lo hemos repudiado, también despertamos de la pesadilla del paramilitarismo y la guerrilla, aún cuando falta levantarnos más, despertamos ahora poco a poco de la gran pesadilla y quizá la que cause un efecto social impactante en la cultura de los próximos 30 años, la pesadilla de la corrupción, pero los castigos en Colombia no han sido ejemplares, hemos matado al tigre y le tememos al cuero, se han dado muchas condenas en los anteriores aspectos pero ninguna ha mostrado que a aquellos que infringen la ley se les castiga de manera tal que los demás no procedan en el mismo actuar y tenemos sanciones que son poco ejemplares y dejan un hueco en la sociedad.

Colombianos reprochemos el delito, reprochemos la ausencia de valores, defendámonos con la ley o sin ella, pero siempre en busca de la aplicación de la recta razón, cuyo fin son los valores, la ética y la felicidad, así lo enseñó Aristóteles y en la fe encontramos un buen camino.

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