La segunda toma

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Sin duda es útil en algunos casos reformar las instituciones, es decir, sus estructuras, organigramas, plantas de cargos, procedimientos y todo lo relacionado con ellas en sí, incluyendo su desaparición o la creación de otras nuevas, sin embargo, se logra muy poco si el ser humano que las integra no cambia.

Tomo como ejemplo el caso actual del sistema judicial en Colombia, pero puede aplicarse a cualquier sistema, poder o rama.

¿Qué nos ganamos con acabar el Consejo Superior de la Judicatura, si existen otros órganos del sistema judicial a donde llegan personas como el magistrado Villarraga?

Esto nos lleva a repetir algo de más profundidad y por tanto gravedad: el problema no son las instituciones en sí, su existencia o carencia, su cantidad de miembros, sus procedimientos, su estructura, no, el problema está en el tipo de ciudadano que está llegando a ellas, en su calidad moral y humana, en su ética, en su idoneidad profesional.

¿Cómo y por qué llegan personajes como Henry Villarraga a un alto tribunal como el Consejo Superior de la Judicatura? ¿Cómo y por qué llegan a ser funcionarios de la rama judicial los 11 sujetos que hace poco fueron capturados por arreglar procesos penales? Y, ¿cómo y porqué llegan al Congreso individuos en contubernio con paramilitares?, o ¿cómo llegan a ser alcaldes ciudadanos como los Moreno Rojas? La lista es larga y en todos los poderes, cargos y entidades.

Es un problema humano, de ciudadanos mal equipados moral y éticamente, al igual que sin capacidades para cumplir sus funciones -es otra forma de corrupción- pese a reunir los requisitos de títulos académicos y cargos desempeñados anteriormente. (Habría que preguntarse también cómo y dónde adquirieron esos títulos o cuál fue su desempeño en esos cargos…).

Todos decimos desde hace mucho que el mal no se arregla vendiendo el sofá pero nos quedamos en esa retórica. Además, ni siquiera vendemos el sofá. Es que no hay voluntad ni interés en cambiar un sofá histórico que ha sido cómodo desde hace mucho tiempo para mantener canonjías y un poder dañino y espurio. Si mucho forran ese sofá con nuevas telas y lo cambian de lugar en la sala.

Y lo peor: en sus mullidos cojines siguen acomodándose los de siempre y su descendencia por los años de los años. A uno que apoya el proceso de paz sí le da algo de desconsuelo que se logre firmar esa anhelada paz para que en los sofás se continúen sentando los mismos y otros nuevos que a lo mejor se contagien del "mal de sofá". Igual preocupación deben tener quienes no apoyan el proceso, con la agravante de que estos quieren continuar con una política que no mostró resultados para acabar la guerra y tampoco proponen nada dentro de la sala.

Dios nos libre de que el pensamiento que voy a expresar se haga realidad en cualquier parte, pero lo escribo solo para evidenciar la magnitud del desprestigio que ha alcanzado la rama judicial en Colombia: Si algún grupo armado se llegase a tomar de nuevo el Palacio de Justicia, ¿tal acto causaría hoy la misma indignación ciudadana que el perpetrado en 1985 por el M-19? No me atrevo a responder porque me da pena y hasta de mal augurio será, pero cada lector tendrá su respuesta…

Es que el Palacio de Justicia, el nuevo, se lo volvieron a tomar poco a poco en los últimos años, no de manera violenta, sino con el ingreso de magistrados y funcionarios que a veces causan un daño continuado más grave que el ocurrido en 1985.

Y no solo este palacio, sino varias sedes de diversos poderes públicos y entidades nacionales, regionales y locales. Es tal el daño que hacen que ni siquiera las honestas e idóneas actuaciones de muchos otros que sí merecen estar allí opacan las de aquellos que llegan a robar, a politiquear o a vegetar, no solo para ganar jugosos sueldos y favorecer bajos intereses sino para conseguir altas pensiones muchas arregladas y sin merecimientos.

Aldaba: Pese al terrible daño que le han hecho a Colombia, el hecho de que algunos miembros de las Farc lleguen directamente al Congreso por una vez me produce menos indignación que la que me generan tantos políticos que lo han venido haciendo desde hace mucho tiempo mediante una farsa democrática comprando votos, engañando o acudiendo a violencia soterrada.

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