La obligación de morirse

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

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Cuando uno es pequeño hay cosas que se hacen muchas veces por obligación: la tarea, ir a misa, cantar villancicos, comer, dormir a hora temprana, leer, incluso jugar. Uno de mis profesores de universidad recordaba martirizado las épocas en que, muy niño en el colegio, los docentes lo obligaban a correr o hacer algún deporte en los recreos. Tener que salir a sudar el uniforme como si cada gota de sudor se llevara consigo la pena de tener que soportar eternas jornadas de aprendizaje.

En esa maraña de deberes hay sin embargo unos que acaban por ser, a fin de cuentas, de gran provecho. Me refiero a los libros que se leen por obligación en el colegio. Esos libros, unas veces aburridos, otras cautivadores, casi siempre nos quedan en la memoria como una referencia precaria en la que nunca prestamos la suficiente atención.

Algunos recordarán con notable simpatía (otros con odio y asco absoluto), aquellas ediciones Torre de Papel con las que se publicaban cuentos e historias dependiendo de la edad que uno tuviera; torre amarilla, torre roja, torre azul, etcétera. No obstante, debo decir que hoy, al menos yo, no logro recordar con mayor destreza los nombres de quienes escribían esos libros para niños. Tal vez si con esas ediciones se hubieran publicado más textos clásicos de la literatura universal, cualquiera diría hoy, con algo de altivez, yo me lo leí. Pero no.

Por otro lado, debo reconocer que, en mi caso y el de quienes estudiaron conmigo, hubo docentes que no se conformaron con las famosas torres de colores y nos adentraron un poco más, tal vez en la búsqueda de una prosa más ecléctica, más universal, más íntima. En ese camino conocí, por ejemplo, a genios como García Márquez, a Kafka y a uno que es el motivo de mi recomendación de hoy: Juan Rulfo.

Me parece haber leído Pedro Páramo cuando tenía la edad de 13 años. Pero la verdad, cuando me hablaban de este ícono de la literatura latinoamericana, no se me venía a la mente más que la imagen de mi pupitre rayado por los que antes habían sido sus dueños y, encima de éste, una edición resumida de la obra de Juan Rulfo. Creo que era naranja. No lo sé. En mis oídos resonaban palabras como Comala, Juan Preciado, y un ambiente de soledad. Nada más.

Hace una semana decidí leerlo de nuevo y debo decir que lo disfruté muchísimo. Pedro Páramo es una historia de muertos, pero con una estructura tan viva como la vida misma. Es como una bandada de pensamientos atropellados. ¡Qué digo pensamientos! de recuerdos, de resentimientos, de pasiones.

Pedro Páramo, mujeriego, dueño, padre, solo, vivo, muerto. Las tumbas de esa población, Comala, cobran vida para decirnos unas cuantas verdades. Verdades cabales, mortíferas. No sobran las representaciones diversas de la condición humana. Un cura que peca, una madre que llora, un pueblo que se rebela.

Hay libros que son universales porque logran mostrar lo que el autor encierra en sus circunstancias. Los clásicos griegos son universales porque en ellos está Grecia y en Grecia está el mundo. Los clásicos chinos son universales porque son la voz de su propia cultura, que encierra en sí al Universo. Los clásicos de la literatura latinoamericana son aquellos que han logrado plasmar, con palabras, el imaginario colectivo de un pueblo que tiene su Universo particular, un cosmos de mezcla de sangre, ideas, sueños, caminos, lenguas. También eso es universal, porque refleja la condición de lo humano, que es lo vivo y también lo muerto.

Las obligaciones tienen a veces sus ventajas y este libro es de obligada lectura. Si tiene tiempo entre sus múltiples afanes, váyase a un buen café, a una playa silenciosa o métase debajo de las cobijas y, con buena luz, decídase a leer Pedro Páramo y a morirse con él. Alguna vez dijo Joseph Conrad que son muchos los libros no leídos, pero aún son más los olvidados. Y el olvido, creo yo, es la peor de las muertes.

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