Guerras recicladas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

"Surge la cuadrilla, (…) cuando cese la lucha, perdurará como secuela y exponente de todo un proceso la degradación moral, dedicada a la comisión de delitos atroces, sin control, desarticulada del movimiento general, sin contacto con los grandes jefes guerrilleros, sin reconocer superiores…" 

El anterior párrafo se refiere a una de las situaciones que quedaron del período de "La Violencia" colombiana de 1949 a 1958. Estoy releyendo el libro del que lo tomé, que debería ser fuente para quienes quieren entender lo que hoy sucede en el país: "La Violencia en Colombia", de monseñor Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna. 

Por haber sido escrito hace 50 años, en 1961, el párrafo es desconsolador, pues se acomoda perfectamente a las llamadas Bacrim de hoy, luego de la desarticulación de los grandes bloques paramilitares.

Pero, además, posiblemente retrate lo que vendrá cuando algún día se desmovilicen por cualquier motivo las Farc y el Eln.

Las guerras o los conflictos violentos son execrables y hay que buscarles un fin, pero cuando terminan burda y superficialmente el proceso postconflicto puede ser peor que la misma guerra de la cual deviene. En tal caso las guerras no terminan cuando los bandos como tales cesan hostilidades entre sí, y más bien se transforman o empiezan otras de características diferentes y de más difícil conceptualización, tratamiento y por tanto final.

Desde el punto de vista de las causas objetivas, es lógico que si éstas permanecen la confrontación tiene que continuar de cualquier manera; y desde la mirada de las causas subjetivas es también obvio que si perviven las condiciones sociales y políticas que llevan a dirimir violentamente las contradicciones, la guerra prosigue.

En ambos casos, con el agravante de que con el pasar de las guerras los guerreros son más fríos y expertos en las artes violentas, y por tanto más mortíferos y dañinos. Se apagan incendios que dejan cenizas mortales.

Nuestros insuficientes pactos y procesos de paz han sido simplemente recicladores de guerras. Le cambian uniformes, trajes, dinámicas, denominaciones, alias, territorios y consignas al mismo conflicto.

Las Bacrim son la multiplicación dispersa de llamas generadas por un conflicto -el paramilitar- mal tramitado; a su vez este conflicto tuvo como causa no haber podido resolver el de las guerrillas, y éstas son hijas de la no resolución atinada de la violencia sucedida entre los años 1949 y 1958.

Tres conflictos mal resueltos unos y sin resolver otros, superpuestos y enlazados, a los cuales se suman otros nuevos de una u otra manera relacionados. Todos potenciados ascendentemente por unos guerreros cada vez más expertos en su oficio.

Solucionar un conflicto, en especial tan complejo como el colombiano, requiere muchos elementos, aptitudes y actitudes: política, confianza (y hasta fe), verdad, recursos económicos, sistematización de estudios, sacrificio, voluntad, arrojo, mesura, tenacidad, benevolencia, justicia, solidaridad, pragmatismo, ingenio, valor, humildad, mirada integral y otros valores que es posible conseguir con sólo uno: inteligencia.

Al margen de la falta de voluntad y del espíritu violento de los guerreros -por algo se llaman así-, los colombianos hemos carecido de inteligencia para resolver un conflicto ya histórico, pese a los esfuerzos de muchos para investigarlo, comprenderlo y explicarlo.

Ha faltado una mirada holística e integral, tanto en tiempo como en territorio y temas. Los resultados lo dicen: en Colombia los luchadores por la paz hemos sido inferiores a los luchadores de la guerra. En el mundo moderno los pueblos inteligentes son los que sobreviven. Pensemos para que existamos.

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