No siempre hay perdón y olvido

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Hace varios años afirmamos en una de nuestras Acotaciones que la palabra perdón, debido a su empleo frecuente en el mundo del delito, constituía una especie de ‘paracaídas’ para atenuar la culpa de los delincuentes.

Muchos culpables de hechos horrendos acuden a esta palabra para dejar en paz su ‘alma’. Por considerar que no ha perdido vigencia lo que expresamos en ese momento, transcribimos textualmente nuestro artículo del año 2012, basado en una fotografía publicada por el periódico El Tiempo:

     “La fotografía muestra a un coronel del ejército, de pie, con la cabeza inclinada hacia adelante, la mirada dirigida al piso y las manos entrelazadas a la altura del vientre. Frente a él, en el lugar que debería ocupar un confesor, está una mujer, todavía joven, con la mano derecha levantada y un gesto que indica a quién van dirigidas sus palabras. No hay duda de que con cada término acciona sus manos para reforzar lo que sus labios dicen. Además, su rostro, transfigurado por el llanto reprimido y transido por un dolor inenarrable, deja constancia de una determinación inmodificable.

     La escena descrita, por plasmar solo un fugaz instante de un acto más extenso en el tiempo, no permite un análisis más explícito. Sin embargo, es suficiente para  crear en el observador la certidumbre de que entre los dos personajes hay una contradicción irreconciliable. No es necesario acudir al movimiento que encontraríamos en un video para entender que la situación obedece a una súplica o a un reclamo, o condensa ambas actitudes a la vez. El Tiempo resume en un pie de foto lo que en realidad ocurrió: “El coronel Luis Fernando Borja, condenado a 200 años por cometer más de 50 ‘falsos positivos’, le pidió perdón ayer a Rubiana Padilla, madre de Frank Padilla, una de las víctimas. Ella le dijo que le pidiera a Dios que lo perdonara porque ella no podía”. El mismo periódico agrega detalles sobre la forma como el coronel Borja procedía para llevar a cabo sus ‘falsos positivos’. Cabe preguntarse, al final de una breve reflexión, si en el corazón de la madre del joven Frank Padilla puede haber espacio y disposición para perdonar al verdugo de su hijo. Ella, con sobrada razón, negó toda posibilidad de perdonar a este monstruo incrustado en un organismo que debería generar confianza y credibilidad en la sociedad.

     Cualquier solicitud de perdón abre una primera puerta al delincuente; con esta petición admite la comisión del delito que se le imputa y en seguida se entiende que se acoge a sentencia anticipada, lo cual significa una rebaja sustancial de la pena. Es decir, la comunidad debe entender que el delincuente tiene la intención de no hacerle perder tiempo a las autoridades y eso, para los jueces, es un gran ‘favor’ que se le hace a la rama judicial y, por ende, a la sociedad”.

     Muchos periodistas preguntan a los delincuentes si están arrepentidos por haber cometido determinado delito. Esos malhechores, que en el fondo son consumados actores, aprovechan para pedir perdón frente a la prensa, y mucho mejor lo hacen si las cámaras de la televisión los están enfocando. Nos hemos acostumbrado a contemplar el desfile de políticos sin vergüenza (o simplemente ‘sinvergüenzas’, aunque se entienda como un pleonasmo) solicitando perdón y así saldar sus cuentas con la sociedad. También son los periodistas quienes insisten ante las víctimas para conseguir que acepten perdonar a sus victimarios. Como si una madre ―ante el asesino que la ha dejado viuda, sin hijos y sin vivienda― pudiese aceptar que no ha pasado nada. “¿Usted lo perdona, señora?”. Pregunta estúpida que escuchamos con mucha frecuencia. La palabra perdón, repetimos,  ha perdido su eficacia, su contenido semántico y hoy solo es una forma lingüística vacía.

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