Dos mundos. Un cubrimiento

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Luis Tabares Agudelo

Luis Tabares Agudelo

Columna: Opinión

e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

Desnudos y asustados salieron de sus poblados hacia las playas de la isla y se adentraron en las aguas para ver más de cerca el extraño barco. Corrían a darles la bienvenida, a llevarles alimentos, agua y obsequios.

 Después, Colón escribió en su diario; “A primera hora del día salimos a tierra… Bajamos Martin Alonso Pinzón, su hermano Vicente y yo…. Al poco rato se había juntado allí mucha gente de la isla. Es toda gente pacífica, de hermosos cuerpos y bellos rasgos… no llevaban ni conocen armas salvo unas pequeñas lanzas de madera”. Era el viernes 12 de octubre de 1492.

Entre el intercambio comercial y cultural inicial encontramos que los españoles trajeron: la rata, piojos, pulgas, el perro, la gallina, el caballo, el mango, el melón, el pepino, el plátano, naranja, mandarina, limón, la caña, el arroz, el frijol, la cebada, el trigo, la vaca, espejos y el machismo.  Además, epidemias como viruela, sarampión, tosferina, paperas, lepra, gripa, difteria, tifoidea, cólera, fiebre amarilla, conjuntivitis, gonorrea y sífilis. Y, se llevaron: pájaros, guacamayos, loros, chorlos, tucanes, pericos, conejos, el burro, el búfalo, los curies, papa, maíz, tomate, tabaco, cacao, piña, el aguacate, la guanábana, la guayaba, la auyama, el perejil, maracuyá, y el oro.

A su vez, para asentar la presencia española en los territorios descubiertos y para predicar la fe católica llegaron con los perros adiestrados para matar y despedazar a los indígenas rebeldes.

…” yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando que cazar, parecióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho chiquito a su madre, y, con un puñal córtales a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte, y después de comidos aquellos tarazones, échales todo el cuerpecito en el suelo a todos juntos”.1

Luego, 32 años después de la llegada de Colon llegó a América el hierro real, enviado por el rey Fernando de Aragón para marcar -en la pierna, nalga, brazo o rostro- a los indios esclavos, conocido como “hierro de rescate”.    

En los viajes de regreso hubo un cargamento al que los historiadores e investigadores no se han pronunciado lo suficiente: Colón llevó varios indígenas como prueba ante los reyes que había encontrado una nueva ruta a las indias. Adicionalmente, otra cantidad para enriquecerse con la venta como esclavos.

Documenta Fray Bartolomé de las Casas que Antonio de Ojeda, uno de los capitanes de Colón, en su regreso a España, llevó mas de doscientos indios caribes a los que vendió como esclavos.

Igualmente, describió que los españoles “actuaban como bestias voraces, matando, aterrorizando, afligiendo, torturando y destruyendo a los pueblos indígenas, no tenían piedad de los niños, ancianos o embarazadas. Los acuchillaban y desmembraban con variados métodos de crueldad de los que nunca se ha visto o escuchado antes como si se tratara de ovejas en un matadero”.2    

En mis clases de historia nunca supe por mis profesores de primaria ni secundaria que los españoles llevaron como esclavos a tantos indígenas caribes. A Cristobal me lo mostraron como un gran almirante genovés que vino a hacernos un gran favor y que por él nos sucedieron cosas maravillosas. Pero sería genial saber que fin tuvieron todos los indígenas que fueron a parar al viejo mundo. ¿Qué fue de ellos y ellas? ¿Tuvieron descendencia con los españoles? Y, por último: ¿murieron libres o esclavos?

 En síntesis, nos pasamos celebrando cada instante y no perdemos la ocasión para festejar el cumpleaños de la llegada de Colón, bautizamos calles, colegios, parques, barrios, pueblos y hasta países enteros en su nombre. En ese escenario somos pasivos y pacíficos con la pretensión de España de llevarse todo el oro y cargamento que yacen en el fondo del mar en el Galeón San José. Cómo dicen muchos de mis amigos descendientes de los aguerridos caribes: mandan cáscara. O los descendientes de Santander: Mamola.

Para concluir, la desigualdad de armas en esa guerra infernal no podía tener otro desenlace.

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