Colombianadas, patanerías e ilegalidad

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Las colombianadas, atribuidas únicamente a nuestros connacionales  –aun cuando no siempre tenemos esa “exclusividad”–, son situaciones graciosas, pero a veces vergonzosas; maneras criollas de ver la vida. Entre la ignorancia, la agudeza, el ingenio, la improvisación, la chambonada, la ingenuidad y hasta el irrespeto por las normas o las personas, son inagotables las expresiones que, se supone, marcan territorios de identidad nacional; en cierto modo, las colombianadas se han incorporado a nuestra idiosincrasia. Diga usted, los pasajeros que aplauden cuando un avión procedente del extranjero aterriza, echarle sal a la comida antes de probarla, pitar apenas el semáforo cambia a verde, persignarse con el dinero de la primera transacción comercial del día, en fin. Gozamos con las interminables colombianadas mientras no sean ofensivas.

Pero, creyéndolas colombianadas, hay en demasía ciudadanos que trasgreden los límites de la ética, el respeto, la convivencia, las leyes, la integridad… El pasado reciente se nutrió de bochornosos actos que, para mayor sonrojo, han recorrido el planeta. En Rusia, unos compatriotas abusaron de la ingenuidad de unas ciudadanas japonesas aprovechando las barreras idiomáticas y culturales: la mal llamada “malicia indígena” quedó inscrita en video. Otros se burlaron de la seguridad rusa por haber introducido licor a un estadio, conducta prohibida; ridículamente, la llaman “ingenio paisa”. Más allá de estas y otras inaceptables “avivatadas”, ciertos actos provocan náuseas. En pleno debate en el Congreso de la República un senador le recordó la progenitora a su colega Claudia López. Más grave aún, que el senador Alfredo Ramos haya encontrado defensa enconada en sus copartidarios: cero autocrítica. Muchos de ellos habían repudiado la grosería cometida a las japonesas pero justificaron la agresión a la parlamentaria: ¿incoherencia? Todavía peor: el futbolista Carlos Sánchez fue amenazado de muerte por su error en el partido frente a Japón que terminó en la derrota de Colombia. Revivieron aquellos aciagos tiempos cuando la mafia antioqueña, por asunto de apuestas, le cobró con la vida al futbolista Andrés Escobar un autogol frente a Estados Unidos ¿Y qué decir de los escolares suplantados en un examen? ¿De los infinitos carteles? Los derechos fundamentales se convirtieron en jugosos negocios para unos pocos pero rapaces empresarios en detrimento de los ciudadanos.

Repertorio variado de conductas inadmisibles en culturas civilizadas. ¡Qué “herencia española” ni qué carajo! Los edificios o los puentes no se caen por “obra y gracia del Espíritu Santo”. Acá se persigue duramente el pequeño delito mientras los grandes bribones “pagan cárcel” en lujosas mansiones o se fugan con la anuencia de funcionarios corruptos. Colombia se jodió cuando muchos ciudadanos empezaron a adorar al becerro de oro, esas grandes fortunas de dudosa procedencia. Pero, ¿qué esperar de una nación que acepta encantada la “cultura” traqueta con su exhibicionista y tosca estética que reemplazó al  arte y la cultura? Su lema, “usted no sabe quién soy yo”, está respaldado en gruesos fajos de dinero o la intimidación de armas poderosas y legiones de amenazantes matones. Pero estos personajes son apenas el subproducto de una dirigencia desvergonzada cuyo mayor logro es el saqueo desaforado del erario. La culpa es de nosotros por elegirlos y permitirles su accionar.

¿Qué esperar de un país con 8 millones de desplazados a la fuerza? ¿Qué les caiga maná del cielo? ¿Es que ellos no comen, no tienen necesidades ni obligaciones? De la precaria supervivencia en los tuguriales extramuros es demasiado lujo que surja gente decente –menos mal todavía funcionan los hogares–, especialmente cuando ciertos rufianes disfrazados de dirigentes  privatizan todo cuanto se les pone al frente, feriando el país en beneficio propio y de sus allegados familiares y políticos. Los demás colombianos, ¡qué diablos! De nosotros solo les interesan los votos y nuestros impuestos: pare de contar.

Un extraterrestre se preguntaría cómo un país tan rico tiene indicadores de nación miserable. El tercero más desigual del mundo, un conflicto interminable como si naciéramos obligados a matarnos entre nosotros. Ignorancia crasa que nos sitúa en los lugares más deplorables del universo. ¿Por qué mantenemos ese statu quo, resignados a tanta ignominia? El cambio es urgente y un compromiso inaplazable de todos los colombianos. La educación es la piedra angular. Si no, miremos cómo los japoneses recogían la basura que en los escenarios públicos arrojaban nuestros compatriotas; solo por mencionar un ejemplo reciente.

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