Me lo contó Andrés Becerra

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Escasamente alcanzaba a tocar el piso con la punta de los pies sentado en la mecedora de mimbre sobre el andén frente a la casa de Julia Vega, matrona y querida del Valle de Upar.

Diminuto Andrés Becerra Morón, cuentero y divertido “hombre de leyenda” a quien el vallenato le rinde tributo mencionándolo en más de una decena de cantos que él mismo inspiró: “…soy incansable y vivo enamorado de mi pobre acordeón (…) y ratos de derroche de una parranda buena al lao de Andrés Becerra y al lao de Poncho Cotes” le compuso Emilianito Zuleta en el paseo lírico titulado “Mi hermano y yo”.   

Conoció como ninguno la tradición de la provincia de recorrerla de cabo a rabo recopilando historias costumbristas con las que animaba la juerga. Un día de agosto, dándose mecedor a la hora que comienza a caer la tarde y el sol se pierde en La Nevada liberando los vientos frescos que sacan del alma el ardor  impregnado en los cuerpos, como si entonara una canción, nos contó a Julia y a mí lo que ocurrió en Villanueva con la llegada de un tal Francisco, cachaco,  que con muchas ínfulas se apareció en esta bella población de La Guajira.

Alto, buenmozo, de cabellos rubios muy asentados, de piel blanca, ojos azules y buenos modales. Por su gran tamaño y corpulencia se ganó el apodo cariñoso de “Francón”. Era fácil identificarlo entre tantas personas morenas de cabellos oscuros y mediana estatura que se movían por estos parajes. Se sabía de su habilidad para conseguir dinero prestado al dulce diez y al veinte. Puntual en reconocer intereses y puntual en saldar sus cuentas con los agiotistas. Cumplido como ninguno, adquirió la mejor fama, tanta que a la primera solicitud de dinero, todos corrían y se peleaban por atenderla sin exigirle letra, cheque ni fiadores.

En una semana, en el quinto año de un prestigio bien ganado, visitó de a uno a los prestamistas para solicitarles una cantidad considerable y de un momento a otro desapareció. Nadie supo jamás que pasó, de dónde vino y para dónde se fue. A todos les quitó la plata que les permitió vivir por años de la lucrativa usura. Lo buscaron bajo cielo y tierra, pero nadie dio razón de su paradero y en las inspecciones y comisarias quedaron los arrumes de denuncias durmiendo el sueño de los justos.

Pasó otro tiempo, un año tal vez, sin que el recuerdo de este gran fraude colectivo se borrara, cuando a Villanueva arribó uno de sus hijos ilustres, Ulpiano Daza, que había estudiado unos semestres de ingeniería química en la Universidad del Atlántico y algo aprendió de mezclar aceites, potasa, glicerina y agua para fabricar jabones. Y, como en este pueblo el trabajo escaseaba, improvisó un laboratorio artesanal y sacó los primeros productos que se venderían “como pan caliente” para sacar la mugre y el curtido de la ropa de los villanueveros. “Jabón Caribe” lo bautizó. Solo faltaba la estrategia comercial que le permitiría penetrar el mercado.

Lo primero fue hablar con Epifanio Mejía, creativo empírico y conductor del “papa móvil”, una Willis cerrada modelo 54, con una estridente bocina sobre el capó. Le dijo: “…no se preocupe, compadre Ulpiano, que yo le hago esa publicidad, porque lo que yo publicito, usted lo sabe, se vende porque se vende”. Pasaron los días y una mañana clara por las calles de Villanueva se empezó a escuchar el siguiente anuncio: “Jabón Caribe, el mejor jabón, el jabón de lavar que limpia más que Francón…”

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