Monseñor Óscar Arnulfo Romero, beato

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: [email protected]

El 24 de marzo de 1980, hace treinta y ocho años, fue asesinado en plena misa el arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero. Este hecho causó protestas en todo el mundo y desencadenó una guerra interna en El Salvador que duró hasta 1992. Monseñor Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, en San Salvador. Durante su vida sacerdotal denunció vehementemente la violencia de su país, tanto la provocada por la izquierda política como la generada por el gobierno militar. Condenó los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas por parte de las fuerzas de seguridad. En agosto de 1978 publicó una carta pastoral en la cual defendió el derecho que tiene el pueblo a la organización y a la protesta. El año siguiente fue nominado al Premio Nobel de la paz, propuesto por el Parlamento británico.

     Monseñor Romero era llamado ‘La voz de los sin voz’. En sus homilías, transmitidas por radio, dijo, entre 1977 y 1980: “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido acoger”. “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”. “Es inconcebible que se diga a alguien ‘cristiano’ y no lo tome como una opción preferencial por los pobres”. “No me consideren juez o enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo”. “Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana”. “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Su forma de vida concuerda con la opinión del papa Francisco, expresada en el 2015 durante la beatificación del prelado: “Él supo ver y experimentó en su propia carne el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás”.

     Parece inevitable recordar a un personaje, también de la Iglesia, incrustado en la historia de Colombia. Si lo traemos a colación es solo para destacar el contraste de dos vidas que siguieron caminos diametralmente opuestos. Miguel Ángel Builes nació en Donmatías, Antioquia, en 1888. Gobernó la diócesis de Santa Rosa de Osos durante 43 años. Personaje polémico y enemigo acérrimo del partido liberal. Su modo de ser lo llevó a considerar ‘perros adormecidos’ a sus colegas obispos. Contra las mujeres Inventó dos pecados que solo él podía perdonar en confesión: usar pantalones y montar a caballo como los hombres.  Para no dedicar mucho espacio a este instigador a la violencia en Colombia durante varias décadas, presentamos solo dos de sus polémicas afirmaciones.

En 1931: “Que el liberalismo ya no es pecado, se viene diciendo con mucha insistencia, y que por tanto, ser liberal ya no es malo. Nada más erróneo, pues lo que es esencialmente malo jamás deja de serlo, y el liberalismo es esencialmente malo”. En 1934, cuando Alfonso López Pumarejo inauguró su Revolución en marcha, monseñor Builes escribió: “Las normales de varones, establecidas por el Ministerio de Educación para crear docentes, modelarán las almas de los niños según la mente y anhelos masónicos; y el Instituto Femenino dará a la patria maestras impías”. Mucho debe la Violencia a monseñor Builes. Pero este personaje siniestro, es decir, “El obispo más violento de Colombia puede acabar de santo”, como textualmente dice un mensaje que circula por ahí.

     Volviendo a monseñor Romero, como para que este magnicidio no quede en el olvido, Rubén Blades, intelectual, músico y político panameño compuso en ritmo de salsa la impactante canción “El padre Antonio y el monaguillo Andrés”, una sentida elegía que nos acerca al prelado que decía: “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres.

Publicidad