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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Nos contaba “Cachete” un día en el Bendito Café, que hace mucho, muchísimo tiempo, por ahí unos cincuenta años, un grupo de amigos samarios de buenas familias, con edades que no pasaban los quince, salieron en el auto de la casa a dar un paseo por Bonda. No nos dijo la marca del carro, pero yo me imaginé que se trataba del jeep Willis verde con capota de lona modelo 52, que llamaban “el coqueto”.


Por la Avenida de El Libertador, a la altura de “La Miscelánea” a la entrada de la Federación de Cafeteros, “Chicho” nos estiró la mano para que le diéramos el chance hasta el “Colegio de Espina”. Paramos, se acomodó en una punta de la silla al lado del chofer, en la que estaba sentado Toti, el hijo del dueño de la disquera de La Acequia. Pasaron la Villa Olímpica, la entrada al barrio Libertador, la casa de los Katime y “el reposo” antes de que Chicho abandonara la nave: gracias, nos vemos y hasta luego, Ñias.

¿Recuerdan el viejo puente de Mamatoco? ¿El que estaba antes de que se lo llevara la creciente del 68? ¿Qué tenía barandas como las que adornaban la entrada a la Quinta de San Pedro Alejandrino, mezcla de arquitectura colonial y republicana? Bueno, a la vuelta, se escondían un par de policías de tránsito, vestidos de caqui, tratando de pescar a menores sin licencia  para conducir. Como eran tan pocos, hasta los apodos nos lo sabíamos. Había uno muy grande al que le decían “cataplún”, señor cataplún, por respeto.

Pues nos pararon en el improvisado retén y todos comenzamos a temblar. ¿Su pase? Aquí está. Pero, este es de Riohacha. Quien sabe de dónde lo sacaste. Ni modo, te lo valgo, pero entonces tírenme por lo menos un cigarrillo, les dijo el agente mirando en el piso del carro una cajetilla de Lucky Stricke que posiblemente se le había caído a Chicho, al bajarse. Como ninguno de los pasajeros fumaba, le pasaron la cajetilla para que él mismo se despachara, con la tremenda sorpresa de que lo que había era un muy bien armado tabaco de marihuana.

Lo tomó en sus manos, aspiró su perfume, levantó la mirada con aire acusatorio y articulando hábiles gestos, los conminó a parquear más adelante, casi en medio del monte que cubría la berma de la carretera. Y ahora, ¿qué vamos a hacer? Esto es un delito grave y tiene cárcel, por lo menos seis meses. El temblor de piernas y las ganas de orinar se apoderaron de los viajeros, que comenzaron a desplegar todo su arsenal para convencer al policía que no se los llevara: …yo soy fulano de tal, hijo de mengano que es concejal y yo, perencejo sobrino del notario y yo, Toti y mi papá es el dueño de “Discos Toti”. 

Muy sencillo, ustedes me dan lo que tienen en los bolsillos, monedas, billetes o lo que sea, que no creo estén tan limpios. Tú, señalando al conductor, me das ese reloj que parece fino y tú, Toti, te vas a comprometer conmigo a entregarme cada sábado el disco que yo quiera. Al modo de todos, ésta era la forma más usual y racional de disuadir la amenaza de arresto. Y así, el “tombo” nunca abandonó su promesa y retiró un disco de 33 revoluciones cada semana hasta que la disquera quebró, sin que el padre de Toti se enterara que la verdadera razón que animaba a su “cliente estrella” no era la música.  

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