Brasil: todavía mucho que temer

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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Rodeado de la clase política, el jefe del Estado brasileño ha logrado ponerse fuera del alcance de la justicia, ante un país que lo rechaza de manera contundente y que se tiene que resignar, por ahora, a que continúe en el poder.
Nada más preocupante para el futuro de una nación que esa sensación de asfixia y frustración de las mayorías, arrolladas por las maniobras “institucionales” de presidente y Congreso, que hacen sentir a los ciudadanos como si se hubieran equivocado frente a la “sabiduría”, léase capacidad de manipulación, de los integrantes del bloque que controla las principales herramientas del Estado.

El mismo grupo político que, desde la derecha, apoyó en su momento al Partido de los Trabajadores, al punto de obtener la Vicepresidencia para su máximo exponente, contribuyó hace un año de manera decisiva a deshacerse de su compañera de fórmula, la presidenta Dilma Rousseff, de manera que logró poner a su jefe, Michel Temer, en la Presidencia, y ahora lo ha salvado de caer a raíz de acusaciones de corrupción.

Un magnate de la industria cárnica, colaborador de la justicia, entregó la grabación de una conversación suya con el jefe del Estado, en su residencia oficial, en la que aparentemente éste último expresa su acuerdo con el recibo de cerca de 180.000 dólares semanales, durante las próximas dos décadas, a cambio de que diferentes agencias del Estado favorezcan a sus empresas.

El emisario presidencial fue a dar a la cárcel cuando perdió su inmunidad de diputado, debido al retorno al Congreso de la persona a la que reemplazaba. Entonces se desató una carrera en la que la Fiscalía buscaba que el presidente fuera procesado por el presunto cobro de sobornos. Esa carrera, a pesar de las aparentes evidencias, no llegó muy lejos y terminó detenida por el triunfo del jefe del Estado en una votación del Congreso, alarde de la “ingeniería politiquera” que se puede desplegar desde la jefatura del Estado, en países de institucionalidad debilitada, que permite la cooptación de la voluntad de suficientes legisladores para que salga adelante cualquier causa en la que exista interés del Ejecutivo. Para la muestra, aparte de llamadas oportunas y negociaciones diversas, diez ministros fueron suspendidos de su oficio para que por unas horas fuesen de nuevo diputados y pudieran ir al Congreso a votar.

La mayor fuente de preocupación ciudadana, con motivo del debate que terminó en el bloqueo de la acción de la justicia, ha sido el tipo de argumentos que sustentaron la actitud benevolente de los legisladores amigos del Gobierno. Con toda la razón, para muchos brasileños resultó incomprensible, si no insultante, que una de las razones para votar en favor de Temer fuera el de que, con su eventual salida, se pondría en riesgo el proceso de reformas neoliberales de su Gobierno, que debería conducir a la recuperación económica del país.

Por lo demás, la modalidad manipuladora de acción del Ejecutivo, que se extiende como mancha y llega a invadir el ámbito de la dirección de muchas instituciones, por pequeñas que parezcan, es símbolo de una tendencia a obrar como si no se tratara del manejo de asuntos públicos sino de negocios propios, lejos de “virtudes anticuadas” y del debido respeto por “nimiedades”. Así sea contra la marea del malestar ciudadano y de la opinión popular, las fuerzas del interés político tradicional se movilizan de pronto para salir a flote de cada remolino mediante el ejercicio del poder formal, orientado a salvar el pellejo, con el argumento supremo de salvar al país.

A ese paso, las credenciales que algunos pretendían exhibir al pregonar que “Brasil es Suramérica” se ven cada vez más despintadas por un cúmulo de debilidades institucionales que hablan por sí solas y ubican al país en un lugar muy diferente del que ellos hubieran querido obtener. La principal de dichas debilidades es la que se hace ostensible frente a la corrupción, enfermedad común en las democracias de América Latina, donde las coaliciones entre gobiernos y congresos, o entre los sectores públicos y privado, han venido a formar una maraña capaz de ensombrecer la vida política de prácticamente todo el continente.

No obstante lo anterior, la justicia brasileña ha hecho bien su trabajo, y su insistencia en actuar en cumplimento de su deber, frente a todos los obstáculos, puede ser una fuente de esperanza. Como también lo puede ser la continuidad de la diplomacia brasileña, que hasta ahora ha sido capaz de mantenerse por encima de las veleidades de la vida política y sobre todo ha tenido éxito al tratar de construir, tanto para la opinión interna como para la exterior, la imagen de un país significativo, que sabe para dónde va. Ventajas ostensibles frente a países en los que la justicia y la diplomacia no alcanzan a tener vuelo propio, ante el empuje de una clase política voraz, capaz de controlar también, en alianza con el Ejecutivo, esos dominios de la acción del Estado.

Por ahora, y tal vez mientras la ciudadanía se fortalece y obra en consecuencia frente a las lecciones aprendidas, el segmento más tradicional de la clase política brasileña se ha salido con la suya, y el presidente no tendría nada que temer. Pero la nación, sí.
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