Colonizar: la peor forma de destruir

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Escrito por:

Sebastián Herrera Aranguren

Sebastián Herrera Aranguren

Columna: Opinión

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Leía hace poco el libro África, nuestra tercera raíz de Diana Uribe. Un texto recomendado, sobre todo en el deseo de descolonizar nuestra historia, cultura y moral, tan europeizadas y occidentalizadas. Entre tantos datos fantásticos de la geografía africana, aparece en el texto la comparación entre el Sahel y Palomino. Las dos zonas se caracterizan por ser la frontera ecoclimática de transición entre la aridez del desierto y la vitalidad de las regiones húmedas y forestales. La primera le da fin al desierto del Sahara para dar paso a las selvas tropicales que baña el Río Níger; la segunda le pone término a la planicie arenosa del litoral, para comenzar el ascenso por el piedemonte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es difícil decidir cuál de los dos ecosistemas es más singular e inigualable en el mundo: si el africano por efectuar el tránsito entre el desierto más grande del mundo a las selvas tropicales del occidente continental, o el colombiano por establecer esa cercanía única entre la cadena montañosa y el mar, mediando un paisaje de arena.
Por supuesto, la depredadora vista del capital ha sido clavada en los dos paisajes. Faltaría bastante documentación para saber cómo los grandes inversionistas han hecho de las suyas en el Sahel, pero en lo que respecta a Palomino, acaba de llegar una desalentadora noticia. El Concejo Municipal de Mingueo, desea modificar el Plan de Ordenamiento Territorial para declarar una zona litoral como de uso urbano. Esto implica que los precios de la tierra se van a disparar, expulsando a pequeños propietarios autóctonos para dar paso a la gran industria hotelera que ya se ha apropiado de exorbitantes paisajes en otros lugares del país.
La alternativa del ecoturismo aparece en la distancia, como una apuesta del movimiento ambientalista y de pequeños empresarios que no quieren causar graves daños al paisaje guajiro. Sin embargo, aparecen las preguntas, ¿por qué todo lo que aparece hermoso ante los ojos del ser humano debe ser convertido en enclave del turismo, del lucro, de las actividades económicas? ¿Por qué ese fetiche de no dejar nada virgen, al cuidado de la naturaleza y las comunidades humanas milenarias que han habitado los territorios hace siglos y los conocen mejor que cualquiera?
Colonizar es la peor forma de destruir el mundo. O que lo digan más de 500 años de presencia del hombre europeo y norteamericano en África y América Latina. No pararemos de insistir en que las formas de empujar la economía de este y los gobiernos anteriores, son la excavación de una gran fosa común en la que se pretende enterrar fauna, flora y pueblo, para que sirvan como cimientos aparentemente sólidos, pero en realidad movedizos, de un portentoso edificio con brillantes ventanales, llamado progreso. Es una edificación que en los planes de Santos, tendrá en su base y primeros pisos, los proyectos minero energéticos y extractivistas; en los niveles subsiguientes una pobre industria nacional y una arruinada actividad agrícola y, en los últimos pisos, el turismo y el entretenimiento exótico para los de afuera. ¿Dónde quedan la educación, la salud, la seguridad social y el desarrollo sostenible? Quedan ubicados en el sótano, el patio de ropas y los cuartos de servicio y mantenimiento.

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