El dilema de la educación en Colombia

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Escrito por:

Jorge García Fontalvo

Jorge García Fontalvo

Columna: Opinión

e-mail: jgarciaf007@hotmail.com

Mucho se ha debatido acerca de la educación en Colombia. No obstante, los resultados más cercanos indican un marcado declive de la calidad del proceso como tal, básicamente porque algún sector de la población la reduce al concepto simplista de compra y venta de mercadería.

Si la educación es un derecho fundamental como se acostumbra decir, ¿por qué se habla insistentemente de ella en términos de indicadores, rendimiento, productividad, y no de un asunto de índole social que tiene como objeto dignificar la condición humana? Seguramente esto sucede por causa del enfoque erróneo que al concepto de calidad hemos dado.

Phillip Crosby claramente define calidad como "cumplimiento de requisitos". Para Joseph Juran, "Calidad es adecuación al uso del cliente". Armand V. Feigenbaum la concibe como "Satisfacción de las expectativas del cliente". Y William Edwards Deming la percibe como "satisfacción del cliente".

Desde esa perspectiva podría asociarse el concepto educación de calidad con los elementos que categorizan los rudimentos del discurso teórico. Pero, ¿realmente es esto cierto? No, ni la misma empresa privada en Colombia satisface las necesidades de los clientes.

Basta con acercarse a las oficinas de cualquier entidad bancaria en Santa Marta para percibir el trato indigno que se da a los usuarios del sistema financiero, o analizar lo que sucede con empresas como Electricaribe, Metroagua, las EPS`s, incluso, las entidades estatales son ejemplos vivos de la atención deficiente al cliente.

Bueno, pero en el ámbito de la educación -para continuar con el enfoque que presentan los expertos en calidad- ¿quién es realmente el cliente? ¿El Estado, los maestros, los padres o los estudiantes?

Probablemente al unísono todos gritarán: "los estudiantes". Más, la realidad dice que todos ellos. Todos, por igual, deben ver cubierta sus necesidades. Lastimosamente, las cosas no son como parecen.

Si bien es cierto que los estudiantes son el centro del proceso educativo, es justo decir que no es posible proveer educación de calidad sin satisfacer las necesidades de todos los involucrados. Y la verdad es que ni uno de ellos las ven satisfechas.

No se puede seguir hablando de satisfacción de las necesidades del cliente en el entorno de la educación porque realmente eso no sucede. Y como no sucede así, entonces lo más sensato entonces sería concebirla desde una perspectiva diferente, alejada de todo condicionamiento nocivo que se desprenda del mundo de los negocios.

La calidad educativa debe asumirse como referente sustancial de la vida del hombre, porque hace parte de él y se conjuga en todos los eventos en los que éste se involucra.

Si se visualizara la calidad de esta forma, en vez de situarla en el ámbito simplista de la concepción de un producto que está destinado a satisfacer las necesidades de una de las partes en conflicto, podría esperarse que la educación en Colombia, algún día, alcance el grado de excelencia que de ella se espera. Y al final nadie terminaría echándole la culpa a la vaca.

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