El éxito del buen político

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

Gracias a mi nieto Nicolás, quién me pidió ayuda para preparar su examen final antes de graduarse en Ciencia Política, pasé dos días sumergida en uno de los capítulos más interesantes de la historia de los Estados Unidos: los debates de 1854-58 entre Lincoln y Douglas durante la campaña por el Senado en representación de Illinois.

Cuando estudié en el Parrish en Barranquilla, miramos el tema pero como sólo tenía 14 años, debo aceptar con vergüenza que lo único que recuerdo claramente del curso de Social Studies es el inmenso tamaño del libro, que especialmente nos servía de amenaza en las normales peleas entre hermanos.

Lo primero que me sorprendió en esta revisión es que la política es también dinámica en ese país, pero no en el mal sentido que tiene en Colombia. Corroborar que Lincoln era Republicano y Douglas Demócrata demuestra que mucho han evolucionado esos partidos, no siempre para bien. Lincoln defendió con gran pasión y compromiso que la esclavitud era inhumana, así considerara que blancos y negros no eran iguales; y Douglas, con su teoría de la soberanía popular, fue acusado de querer extender la esclavitud en todo el territorio de la Unión. Más progresista, de acuerdo a términos modernos, Lincoln que Douglas, o sea, los Republicanos más que los Demócratas.

Pero lo más interesante es que tratándose de dos personajes brillantes de la historia gringa, la fulgurante carrera de Lincoln que lo llevó a ser el primer presidente Republicano de su país y a ser el actor de uno de sus capítulos más importantes, el inicio del fin de la esclavitud, muchos analistas reconocen en Lincoln, más que Douglas, esas características que Weber considera básicas en un buen político.

La pasión por causas loables lo sacó de su vida privada para comprometerse con la vida política. Sus principios le permitieron no perder el curso de sus ideales y estar dispuesto a afrontar conflictos morales y personales, como sacrificar su Senado porque era en la presidencia donde podía realizar su labor. Sus valores progresistas y su compromiso no con ganar elecciones sino con cambiar el curso de su país, lo diferenciaron de Douglas a quien se señala por su amor al poder y su defensa de intereses personales.

Lincoln tenía un inmenso compromiso con la Constitución y un profundo respeto por las leyes. Dejó a un lado intereses personales con grades sacrificios; mantuvo su palabra aún en su vida personal, demostrando al final que el buen político, el que entiende esta profesión como una misión y no como un negocio, es el realmente exitoso. Interesante que Lincoln, Republicano en el siglo 19, y Obama, Demócrata en el siglo 21, coincidan en que esa debe ser la verdadera concepción de la política.

Este capítulo de la historia de Estados Unidos comparado con la penosa realidad de la política colombiana actual deja un amargo sabor. En Colombia llegan a máximas posiciones políticos que se asocian con el descalabro de instituciones que debían responder por los derechos de todos los ciudadanos, y gracias al manejo politiquero, no lo hacen y nadie dice nada. No hay excusa, ni sanción social ni impedimento, para ascender políticamente cuando se debería terminar en la cárcel juzgado por detrimento del patrimonio público.

La lección es que el buen político es el que finalmente logra no su éxito personal porque es lo que menos le importa, sino el que genera los profundos cambios que su sociedad requiere. Y esto, sumado a la realidad que vive Colombia hoy, nos trasnocha a la mayoría de hombres y a algunas mujeres que nos desempeñamos en esta profesión. ¿Dónde están nuestros Lincolns?

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