Falleció doña Leonor Vives de Vargas

Su sepelio se cumplió ayer, en Jardines de la Eternidad, en Barranquilla.

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Su sepelio se cumplió ayer, en Jardines de la Eternidad, en Barranquilla.

En la tarde del sábado, falleció en Barranquilla, sitio de su residencia, doña Leonor Vives de Vargas, a los 86 años de edad.

Hija del hogar que formaron Rodrigo Vives de Andreis y Elena Echeverría (fallecidos), nació y se crió en Santa Marta junto a sus hermanos Rodrigo, José Ignacio, Luis y Elena (fallecidos), en un cálido ambiente de fuertes lazos familiares.

Bachiller del colegio de La Presentación, Leonor se casó en Alfonso Vargas, trasladándose a vivir a la ciudad de barranquilla en donde establecieron su residencia; allí nacieron sus hijos Ana Cristina y Alfonso Vargas Vives, a quienes prodigó todo su amor maternal.

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La velación se cumplió ayer en Jardines de la Eternidad ofreciéndo una misa por el eterno descanso de su alma y las exequias a las 2pm.

Con estas sentidas palabras cargadas cariño y emociones, su yerno Nelson Amaya rindió homenaje a esta gran dama samaria en su despedida terrenal:


Con Alfonso Vargas, su esposo, fallecido el 2 de febrero de este año.
Con Alfonso Vargas, su esposo, fallecido el 2 de febrero de este año.


Leonor Vives de Vargas, una mujer maravillosa

 Algún día de esta vida conocí a Leo, como la llamamos todos, un día de hace veinte años, por la época en la que quería aproximarse a su hija, Ana Cristina, con quien luego me casé. Desde cuando la saludé la primera vez, encontré en ella un aura de bondad, con la voz pausada y firme de su diálogo, con la educación de cuna de una familia bien avenida y con la fe profunda que profesaba a las bondades de su Dios cristiano, católico, apostólico y romano.

Siempre insistió en confesar algunos pecados que cometía, de una vitalidad envidiable, a los sacerdotes de la parroquia del Espíritu Santo en Barranquilla, situada enfrente de su casa de habitación por mucho tiempo. La absolución era en este caso un presupuesto tan obvio, no solo por la bondad de Dios y su agente terrenal, cuanto por la liviandad de sus actos.

La veíamos llegar de regreso de misa cada mañana, cumplida su misión de ministra de la iglesia y plena de satisfacción por el acercamiento físico a Jesús, a la Virgen y al conjunto armónico que rodea a las almas buenas, con la esperanza de la vida eterna.

La compañía de su recién fallecido esposo, Alfonso Vargas, tanto para las misas como para el rezo del rosario con devoción y para la vida misma, hacían de su día una tarea limpia y sana.

La reforzó con los lazos familiares y sus hijos, Ana Cristina y Alfonso, le daban cariño, compañía y amor.

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Gocé siempre de su interés por debatir sobre los acontecimientos de la política, como quiera que nació alrededor de las discusiones que sobre ella se formaban en su casa, mañana, tarde y noche. Opinaba con soltura y convicción, argumentando siempre sobre los riesgos del momento para la vida nacional. Le inquietaba su querido departamento del Magdalena, su Santa Marta natal y sus eternos problemas sin resolver. Respiraba con tristeza por la Colombia que vivimos hoy, y pedía con energía la recuperación del rumbo perdido.

Pero su gran motivación era su familia, sus hijos sanguíneos y políticos, sus tres nietos por los que se desvivía y la descendencia de sus cuatro hermanos Vives Echeverría, convertidos hoy en guardianes de su “Tía Leo”, última sobreviviente de una casa samaria connotada.


Irradiaba paz interior. Su voz nos aliviaba el ánimo, nos llamaba siempre a la unión familiar, a la que consagraba todos sus esfuerzos, convencida de que la vida moderna con sus prisas y sus afanes trata de imponer la despreocupación por el centro de los afectos, cual es la familia.Después de Dios y su familia, disfrutaba rememorar días felices, como cuando fue reina del Carnaval de Santa Marta, en momentos en los que el colorido de dicha fiesta competía con el de Barranquilla. Mantenía contacto permanente con sus amistades de la niñez y la juventud, la gran mayoría aún residentes en Santa Marta, pero con afectos arraigados indisolubles.

Me precio y me enorgullezco de haber compartido un tiempo amoroso con Leo. Los valores que acompañaban su personalidad nos sirven de reflexión cada día que emprendemos tareas de vida. Al mismo tiempo, gozamos viendo su debilidad casi que infantil por los postres, su ortodoxia con la receta familiar de la salsa de espaguetis y los pudines que preparaba cada cumpleaños para deleite de todos. Hasta ayer, sus sobrinos se disputaban el derecho a ser privilegiados con esos manjares.

Nos hará mucha falta esa maravillosa mujer, Leonor Vives Echeverría de Vargas; nos deja llorosos y compungidos, aun cuando su eternidad espiritual entre nosotros nos guíe. Su ausencia material golpea y llama a una resignación inenarrable.


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Amanece sin ti, Leo. Pero no es lo mismo

           Los miembros de las familias Vives Campo lamentan su sensible fallecimiento y expresan sus condolencias a sus hijos Nelson Amaya y Sra Ana Cristina Vargas Vives e hijo, Alfonso Vargas Vives y Adela Vidal e hijos y a todos los miembros de las familias Vives Echeverría.

 

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