Ramón Illán Bacca (1938-2021)

Los escritores Julio Olaciregui, Ramón Illán Bacca en compañía de Jesús A. Dulce.

Cultural
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El destacado escritor, periodista y novelista samario Ramón Illán Bacca falleció el pasado 17 de enero.

Conocí a Ramón Illán Bacca en Santa Marta el 29 de junio de 2013, cuando inauguramos la librería El Amanuense.

El acto inaugural fue una tertulia con Ramón y Julio Olaciregui, donde el tema de fondo fueron las musas del Caribe. Llegué a contactarlo por medio de un amigo turco que en esa época era mi jefe en Bogotá y ocupaba un alto cargo público.

Para ese entonces, debo ser sincero, yo no sabía nada de Ramón ni de su obra. Como era de esperarse, el turco me dijo: “…¿joda como así? si ese man es samario”.

La vergüenza que sentí en ese instante fue mínima comparada con la que me invadió mientras investigaba y leía novelas como Deborah Kruel, que me dejó perplejo, no sólo por esa capacidad narrativa que embelesa y lo lleva a uno por cada rincón de la Santa Marta de primera mitad del siglo XX, del teatro Rex, de la Gota de Leche o del barrio El Ancón, sino por el hecho de atreverse a escribir una historia de espionaje nazi en esta pequeña república bananera.

Deborah Kruel fue el inicio de mi introducción en el mundo de Ramón. Marihuana para Göering, La mujer barbuda, Maracas en la Ópera o Disfrázate como Quieras, son algunas joyas literarias que se alimentaron con la idiosincrasia samaria, la sangre guajira y el folclor barranquillero.

Göering Bermúdez Diazgranados o Gunter Epiayú, son personajes compuestos con una erudición tan profunda que permeaba cada relato. Con el solo nombre de Gunter Epiayú se podría contar la historia de la Guajira.


Los escritores Julio Olaciregui y Ramón Illán Bacca.

Volviendo al día de la tertulia, recuerdo que la primera conversación que tuve con Ramón fue sobre la habitación del hotel Don Pepe que logramos conseguirle gracias al patrocinio de sus dueños para que pasara esa noche en Santa Marta.

Nos saludamos a eso de las cuatro de la tarde y le dije: Ramón, muchas gracias por venir. ¿Qué tal te fue instalándote en el hotel? A lo que Ramón me contestó: ¡No era necesario tanto lujo! De inmediato me di cuenta que estaba frente a un ser de incomparable sencillez, con un sentido del humor como pocos y de una complicidad fraternal que, pese a la diferencia de edades, me hizo sentir como si lo conociera de toda la vida.

Entró en la librería y noté que le llamó la atención un libro que teníamos de August Strindberg que, al parecer, él no conocía.

Lo ojeó lentamente y aún con él en sus manos me miró y me dijo: bueno. Tiempo después le mandamos un ejemplar de obsequio a su casa en Barranquilla, que agradeció con un correo que entre otras cosas decía: “Cómo no me mandaste el precio supongo que es un regalo”.

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Cuento esto porque, como me decía hace poco una de sus familiares, mucho se habla de Ramón el escritor, el genio, pero poco de esa persona risueña, transparente y de alma buena que nació en el Hospital San Juan de Dios en 1938, que perdió a su madre al nacer, que vivió hasta los 4 o 5 años con las monjas de La Presentación y que luego fue criado por la familia Noguera Angulo como un hijo más.

Precisamente ese destino familiar cobró vida en parte de su obra, donde plasmó con un realismo y calidez inigualable la dolce vita samaria de las familias herederas de la bonanza bananera de principios del siglo XX.

Es curioso que en Santa Marta no se hable mucho de Ramón, cuando los grandes medios de comunicación del país y el periodismo colombiano han lamentado su muerte. Pero bien decía Perla de la Estrella que “por ahí hay el dicho de que se pone uno a civilizar a la gente y termina perdiendo su reputación”.

Hasta siempre Ramón.



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