La coalición de la experiencia

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Me preguntan por qué quiero ser presidente. Porque ningún campesino de Nariño, Cauca o Catatumbo debe ser esclavizado para producir coca. Porque ninguna niña o ningún joven debe recibir una educación deficiente en el colegio, los oficios o la universidad. Porque nadie que ponga pan sobre la mesa debe ser considerado informal. Porque ningún empresario debe ser maltratado por el Estado que sostiene. Porque si nos empleamos a fondo, con seriedad, claridad y empeño, podemos llevar a este país a ser mucho, muchísimo mejor.

No dejemos que el pesimismo nos impida ver la década esperanzadora en la que estamos. Colombia descubrirá lugares olvidados y desatendidos por generaciones. Haremos las cosas de manera diferente, ‘crearemos’ economía donde no la hay.

Para eso debemos descentralizarnos. Bogotá ha centralizado al país. El futuro se basará en encontrar la centralidad de cada región. Pioneros, que los hay muchos, verán al país con ojos distintos para crear empresas agrícolas, pecuarias, de servicios (comercio, comunicaciones, entrenamiento y oficios), manufactureras y mineras, formales y pujantes.

Es la forma de unir y equilibrar a las dos Colombias, que existen, separadas, distintas, hurañas. Una pobre y otra rica. El empresario tendrá tecnología de pos-cosecha, empaque y aduana, transporte y puertos, trámites de comercio y diplomacia comercial, para inundar al mundo con productos de Colombia.

La pedagogía volverá a la educación. Niños y maestros pierden su tiempo y escasísimos recursos en una educación de memorizar y repetir. Debemos llenar a las mentes y los corazones de los jóvenes de futuro para que cuando lleguen a él encuentren trabajo, y no caigan en el desespero y la protesta.

Buena pedagogía formando jóvenes, y nuevas empresas apostando por las regiones y las zonas pobres de las ciudades, crearán los trabajos del futuro y les pondrán plata en el bolsillo. Los jóvenes crearán muchas de esas empresas. Seremos un país que crea y soluciona, y no que entorpece y descree.

Necesitamos una Colombia que confía, y en la cual confiar. Un niño o niña que realmente aprende, y padres y madres que saben que en las tardes sus hijos hacen deporte, cultura o aprenden oficios, y no están a merced de la droga y la criminalidad.

Una Colombia en la que el agricultor y el empresario manufacturero sepan que pueden contar con un precio justo para sus productos y pueden sacarlos a tiempo al mercado y hacer ganancias. Un sistema financiero que apueste por el éxito del empresario y del agricultor, y entienda a fondo su negocio. Un gobierno que mitigue el riesgo para créditos abundantes y baratos.

Los funcionarios públicos dedicarán cada minuto a ayudar con diligencia y honradez a que personas y empresas produzcan y progresen; les allanarán el camino a los mercados para vender y comprar. Tributaremos para crecer y crear economía, y no al contrario.

Más jueces, dotados de tecnología y entrenados continuamente, harán una justicia accesible, imparcial y eficaz. El Estado dejará de ser un estorbo, que impone trámites y regulaciones y dificulta su cumplimiento.

La distribución de ingresos y riqueza pasa por trabajos formales y bien pagos. No habrá ningún trabajo informal. Las normas se deben adaptar a la realidad para cada trabajador, independiente o empleado, de forma que gane y evolucione.

Más que un país unitario, Colombia es la suma de regiones heterogéneas. Se construirán vías terciarias y se mantendrá las existentes. Nos volcaremos sobre la Colombia lejana para que no quede a merced de fuerzas oscuras, hoy más potentes que nunca. La batalla por la paz, la seguridad y la justicia es también la batalla por la economía. Cumpliremos con la paz, pero ganaremos las guerras que aún persisten.

No más frustración causada por la corrupción para contratistas y funcionarios que viven de estrangular el progreso y desnaturalizar al Estado. La gerencia de la integridad y la ética debe liderarse desde la cabeza del Estado.



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