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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

A raíz de la información acerca de la expresión “catapila” en medios de comunicación del Caribe, debido a los insultos digitales que una cantante de vallenatos declamó en contra de un colega suyo, he vivido días de incertidumbre tratando de entender. Porque entender es importante.
Dado que “catapila” no aparece en ningún diccionario de la lengua española, hube de recordar que varios de los vocablos que pronunciamos naturalmente tienen su origen en una perversión benévola de los sonidos extranjeros. En este caso, el de la retroexcavadora de la sugerencia poco amistosa, es evidente que “catapila” es una castellanización (¿colombiano-caribeña?) de caterpillar, más por la marca de maquinaria pesada de Illinois que por la oruga, el gusanito que rueda con sus incontables paticas como si se tratara, en efecto, de una pala mecánica, y que, luego, seguramente volará convertido en una mariposa durante algunas horas antes de morir.

No es el primer ni el último caso de esto. Ni el español es el único idioma que metamorfosea las voces que oye, aunque acaso sea el que mejor las coloree con los acentos de la veintena de Estados en que es oficial, merced a las variantes de cada región y subregión, así como con los de hablantes de aquellos lugares en los que es casi ilegal usarlo si eres inmigrante o su hijo. Recuerdo en particular la palabra Mambrú, de grato sonido en tonos de niñitas latinoamericanas ocupadas en el canto de “Mambrú se fue a la guerra”, cuyo original es la ronda infantil francesa del siglo XVIII que iba “Marlbrough s’en va-t-en guerre”. Después, los Borbones llevaron dicha música a su dominio, España, y esa colonia la trajo por aquí. El duque de Marlborough (o sea, Mambrú entre nosotros), John Churchill, militar y político inglés, antepasado de Winston, nunca podría haber imaginado que su nombre nos serviría de alegre diversión en el trópico.

La lista es interminable. Ahora mismo pienso en bistec (beefsteak), bife (beef), tanque (tank), cóctel o coctel (cocktail), suéter (sweater), güisqui (whiskey), vagón (wagon), champú (shampoo)… Lo importante es comprender que hemos tomado palabras prestadas de otras lenguas porque quizás no teníamos un término, o no uno tan preciso, para decir lo que se quería decir, y se han adoptado los usos con la correspondiente adaptación. Desde luego, el caso contrario también existe: cafetería, plaza, fiesta, barrio, siesta, mosquito, maestro, patio, entre otras, son de utilización sin tilde entre angloparlantes por las mismas razones: su chapurreo evita tener que explicar nada, su sola mención indica todo un concepto, una idea, o, mejor aún, un sentimiento (en la infancia es fácil explicar los sentimientos mediante el silabeo, no en la adultez).

Claro que también están los léxicos que resultan de la confusión habida en el propio idioma. ¿Alguien dice en Colombia “poliestireno” para referirse al útil “icopor”? Esta debería ser una pregunta del censo poblacional relativa a la medición del tiempo libre de la gente. Aquí, para tal material, se usa el acrónimo del nombre comercial de una empresa ya disuelta y liquidada, y que fue su primer fabricante local: la Industria Colombiana de Porosos: I-Co-Por. Por el problema ambiental, es muy posible que pronto no haya que diferenciar “icopor” de “poliestireno”, pero, como a Mambrú, siempre se los recordará. Pues la vida es una cuestión surgida de palabras.